Birrias de hoy y de siempre

06.04.2016 | Opinión

La humanidad avanza, pero hacia atrás. El hombre de neandertal debía ser más juicioso. No más guapo, pero sí mejor. Vivimos en un mundo insensato que, por si fuera poco, tiene los días contados…”. Así se expresa el señor Llewelyn, uno de los personajes de El secreto de la modelo extraviada, último libro de Eduardo Mendoza hasta la fecha. A juzgar por otras sentencias del señor Llewelyn recogidas en tal volumen, yo no aconsejaría tomarla al pie de la letra. Pero tampoco la desdeñaría como una astracanada sin sentido. Mendoza no suele hablar a humo de pajas. Ni siquiera cuando lo hace por boca de sus personajes más estrafalarios, que a veces son los más clarividentes. Y no digamos cuando es él mismo quien diserta en persona.

Durante el reciente Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Puerto Rico, el novelista barcelonés armó cierto revuelo al asociar libros y birrias. Textualmente dijo: “La mayoría de los libros que nos rodean son una birria. No sirven para nada”. Supongo que no se refería a los de su selecta biblioteca, sino a los que proliferan ahora en los anaqueles de novedades de tantas librerías; a los que escriben autores que ya se olvidaron de la autoexigencia (o desconocen su significado), y a editores que publican pensando más en la cuenta de resultados que en el bien de sus clientes.

Mendoza envió el pasado miércoles una carta al director de La Vanguardia, que se publicó el jueves. En ella hablaba de errores de interpretación de sus palabras y de descontextualización. Además, reconstruía el marco argumental de su conferencia puertorriqueña y afirmaba que no había querido decir que “la mayoría de los libros que se publican son una birria”. Aún así, me parece que eso es lo que cree. Y yo con él.

Birria es la voz que se usa para describir una cosa mal hecha, de mal aspecto, sin mérito o fea. En su diccionario de uso del español, María Moliner ilustra esa definición con dos ejemplos. El primero se entiende perfectamente: “Ese traje es una birria”. Y el segundo nos viene al pelo: “Ha escrito una novela que es una birria”. Dicho en otra palabras, produce birrias todo aquel que desempeña su profesión sin el talento, el esfuerzo o la ambición necesarios para cosechar frutos excelentes, capaces de perdurar en el recuerdo. O, en su defecto, frutos dignos.

El problema no es nuevo. Aunque, probablemente, sus efectos se van incrementando con el tiempo y con la asfixiante hegemonía de lo mediático sobre lo sustancioso. Para apoyar mi tesis desempolvaré, si me permiten la inmodestia, un artículo que publiqué en este diario cuando empezaron a dejarme escribir en él. Se titulaba “El libro pervertido” y apareció hace 31 años, con motivo del Sant Jordi de 1985. “Ganan terreno –sostenía en él– los sucedáneos y los productos superfluos, los libros cuya edición sólo nos sugiere la pregunta ‘¿por qué?’, los que disgustan al lector veterano y desnortan al que empieza”. Y atribuía el fenómeno a los autores ya famosos e incontinentes y a los editores más partidarios de la cantidad que de la calidad.

El problema, además de no ser nuevo, no es ni siquiera exclusivo del sector literario. Puede hacerse extensivo a numerosos ámbitos culturales, por no decir a todos. Oriol Bohigas ha declarado a menudo que el 90% de la arquitectura que se construye hoy es una porquería. Quizás se quede corto. Basta con echar un vistazo alrededor para cerciorarse. Y no digamos si miramos más lejos, por ejemplo hacia las grandes ciudades de China.

Estos problemas asociados a la masificación y la pérdida de criterio cultural se producen en una sociedad, la nuestra, donde gozan del favor popular muchos tipos ignorantes y/o zafios (acaso porque son la prueba irrefutable de que cualquier ignorante y/o zafio tiene hoy una posibilidad de éxito). En una sociedad donde la entrevista a la última neolagarta que luce escotes abisales en sus shows televisivos se convierte en trending topic nacional. En una sociedad en cuyo extremo opuesto llamean ideologías sectarias, y donde la crítica de obras culturales que se atreve a asumir un papel prescriptor es denostada como la expresión de la más rancia academia o del elitismo snob. O de cosas peores, como por ejemplo el temible patriarcalismo.

Es bien cierto que siguen en activo novelistas cuya lectura nos enriquece. También lo es que la oferta vehiculada por plataformas digitales ha convertido nuestras discotecas o bibliotecas en jardines ubérrimos (e inabarcables). Y lo es asimismo que casi cualquier discurso del tipo “antes estábamos mejor” es un muermo e invita a llamar a la policía. Porque dicho discurso es viejísimo, porque no suele ser una verdad absoluta y porque todavía no hemos visto el futuro. Pero birrias culturales las hubo y las hay en todas las épocas, incluso en abundancia. Y algunos nos quejamos de ello, a veces con excesivo dramatismo, a veces con sorna, a veces con las palabras apropiadas.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 3 de abril de 2016)