Aquí va una profecía

14.07.2013 | Opinión

Los partidos mayoritarios están a un paso de dejar de serlo. Las formaciones que recibieron la confianza de los sectores centrales, moderados, de la sociedad ceden terreno a otras que se ufanan de ser más radicales y expeditivas, de estar más atentas al sentimiento y la visceralidad que a la complejidad del mundo actual.

Las causas de este fenómeno son varias, y sería erróneo reducirlas a una sola. Pero hay una –la corrupción– que aparece en todos los casos de progresiva desafección a las fuerzas hasta ahora hegemónicas. Por ejemplo, CiU en Catalunya. O PP y PSOE en España. Según los últimos sondeos, las fuerzas mencionadas sufrirán retrocesos e incluso “sorpassos” en próximas elecciones. Todas ellas, tras largas estancias en el poder, acumulan casos de corrupción, que afectan a sus órganos y arterias principales.

El navegante más bisoño sabe que cuando su bote lleva rumbo de colisión es obligado dar un golpe de timón. O lo da o se expone al naufragio. Los partidos antes citados, y otros, estiman en cambio posible mantener sine die su actividad habitual pese a estar carcomidos y atenazados por la corrupción. Creen posible capear el temporal –caso Gürtel, caso Bárcenas, caso Palau, caso de los ERE andaluces, etcétera– con vagas promesas de regeneración, cuando lo que se requiere no son tiritas o vendas, sino tratamiento para la gangrena avanzada.

Esta actitud, que ya ahora es lesiva para los intereses de los partidos manchados, y muy ofensiva para los ciudadanos (a los que se priva de recursos públicos y se trata como a tontos), será considerada más pronto que tarde como extremadamente patética. Todas estas entradas y salidas de la cárcel de los principales corruptores y corruptos, todos esos torpes disimulos y desmentidos de los partidos pillados en falta, todos esos intentos de tapar la propia podredumbre y la del sistema con acusaciones al rival, todos esos acosos a jueces que acaban pagando por ejercer con mayor o menor fortuna su labor, como si el mal estuviera en quien lo persigue y no en quien lo practica… Todo eso conforma un manto de oprobio que dichos partidos se niegan a ver, pero que existe, que gana en grosor, y que –aquí va una profecía– acabará cubriéndoles y sepultándoles.

Tan sólo hay un modo de evitar que se cumpla tal profecía, pero según pasan los días va alejándose más y más: el reconocimiento conjunto por parte de los partidos enfermos de que se han hecho las cosas mal, de que se ha abusado del elector, y el compromiso de que van a pactar una reforma legal que impida a cualquiera caer de nuevo en la tentación. Cada nuevo día sin reacción ni pulso en los grandes partidos aleja la posibilidad de semejante catarsis. Cada día es pues más inexorable su declive. Y cada día está más cercano un futuro en el que tanta golfería y tanta complicidad activa o pasiva serán percibidas como un colosal y vergonzoso error histórico. Amén.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 14 de julio de 2013)