A mediados de octubre pasé junto a las piscinas Picornell, en el anillo olímpico de Montjuïc. Serían las 9 de la mañana y, bajo un voladizo de dicho equipamiento, rebautizado Campamento Justin Bieber, se desperezaban una docena de adolescentes. Estaban todavía metidos en sacos de dormir, despeinados y legañosos, pero ya tecleaban en sus móviles. Faltaba un mes para el concierto que su ídolo iba a dar a pocos metros. Y, sin embargo, ahí estaban, montando guardia, con la esperanza de pillar el mejor lugar para admirar al canadiense cuando al fin se abrieran las puertas del Palau Sant Jordi. Pura pasión de fan primerizo, me dije. Que por cierto tiene su paralelismo en quienes no pierden una ocasión para ver brincar en directo a Mick Jagger, ya con 73 años cumplidos.

En esto pensaba el lunes, a las 21.30 h, en Sidecar. Llevaba un rato de pie, apretujado, esperando que saliera a escena Nick Lowe, cuando me dije: ¿Qué hago aquí, rodeado de exjóvenes que siguen bebiendo cerveza pero han –hemos– sustituido la melena por diversos grados de alopecia? ¿No estaría mejor en casa?

Ambas preguntas cedieron paso a una luminosa respuesta cuando Lowe, que cumplirá 68 años en marzo, apareció y empezó a cantar. Su tupé de antaño es ahora blanco, y aún abundante, pero insuficiente para tapar unas monumentales orejas. Su indumentaria –camisa, pantalón y gafas de pasta negra– está a medio camino entre la de un oficinista y la de un discreto rentista, de buen ver pero ya mayor. Y sus temas, que beben del pop pre-Beatles, del pub rock, del country...,  siguen teniendo un encanto único. Porque Lowe, acaso la gran figura menos valorada del pop británico, es autor de un cancionero inoxidable, resumido en Quiet please..., una revisión a veces reposada de su repertorio y un estupendo báculo musical para acompañarnos en nuestra madurez sin acelerarla. También porque sabe alternar historias devastadoras o ácidas con otras festivas, de contagioso ritmo, todas ejecutadas con maestría y concisión. Porque en su medio siglo de carrera –debutó con un grupo en 1965–, ha atesorado un oficio impresionante, y en su voz, ya flaca pero modulada con arte, las canciones parecen infinitamente flexibles, aptas para cualquier tempo. Y porque su simpatía le acerca a la audiencia todo lo que el endiosamiento aleja a otros rockeros.

No hay formatos malos para Lowe. El lunes le arroparon Los Straijackets, banda de rock instrumental cuyos miembros guitarrean ocultos tras máscaras de luchador mexicano. Juntos desgranaron clásicos de Lowe y, también, canciones de Navidad como las reunidas en su último disco, Quality Street, subtitulado Una selección de temporada para toda la familia. Y, aun así, entonando temas como I wish it could be Christmas every day –un título que en otras épocas hubiera producido disturbios y lapidaciones–, encandilaron a su público. ¡Se dice pronto!

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 18 de diciembre de 2016)