Si esto fuera un elogio de Sanna Marin, les diría que su padre alcohólico abandonó pronto el hogar familiar, que su madre rehizo su vida junto a una mujer, que trabajó de cajera de supermercado para costearse los estudios… Y que en el 2019, con 34 años, se convirtió en la primera ministra de Finlandia. Les diría que formó coalición con otros cuatro partidos liderados por mujeres, sólo una de las cuales era mayor que ella. Les diría que su gestión de la pandemia tuvo una de las más bajas tasas de mortandad. Y que en julio tuvo agallas  para firmar el protocolo de adhesión de su país a la OTAN –al igual que hizo su homóloga sueca Magdalena Andersson– y plantar cara a Putin, rompiendo así la larga tradición de neutralidad de Finlandia, país que comparte 1.300 kilómetros de frontera con Rusia.
Pero esto no es un elogio –una alabanza– sino una apología –una defensa de quien es censurado–, y quiere invitar a reflexionar sobre la cacería mediática de Marin, después de que se divulgara el vídeo de una fiesta en la que bailaba a gusto, y a preguntarse sobre su consistencia y sus posibles beneficiarios.
La primera reflexión es obvia. ¿Es censurable que una primera ministra baile en una fiesta con amigos? No lo es. ¿Es censurable que acogiera la fiesta en su residencia oficial? Hubiera sido mejor en otro sitio, pero no por ser primera ministra va a ir siempre de gorra a las fiestas de otros. ¿Es censurable que dos mujeres se besaran en tal fiesta? No lo es.
La segunda reflexión se encadena con la primera. Si una acción no es censurable, ¿por qué debería escandalizarnos? Respuesta uno: porque nos hemos vuelto adictos al escándalo, y en su ausencia los vemos ahí donde no hay. Respuesta dos (y complementaria): porque basta con que un medio o una red o un trol tache de escandaloso un suceso para que le demos pábulo y asumamos que tiene algo de atentado contra la moral o la convención. Aunque el escándalo se reduzca a bailar, algo que se hace –está documentado– desde que la pintura era un arte rupestre.
Tercera reflexión, relativa a los posibles beneficiarios de unas imágenes que buscan debilitar a Marin. Solo recordaré que a Rusia le sentó fatal la petición finesa de ingreso en la OTAN. Y que el partido heredero de Verdaderos Finlandeses –al que los socialdemócratas de Marin ganaron por poco en el 2019– se la tienen jurada. Y recordaré también que, mientras Marin baila, la Rusia de Putin reprime, roba, corrompe, envenena, miente, encarcela, asesina, invade, destruye, masacra e intoxica sin freno. Y lo que queda de los Verdaderos Finlandeses –¿qué les hace verdaderos? ¿acaso el resto de fineses no lo son?– exhiben nacionalismo, discriminación, reticencias ante Europa, tics de ultraderecha y buenas relaciones con Moscú. Así las cosas, ¿quién merece realmente ser censurado?

(Publicado en "La Vanguardia" el 4 de septiembre de 2022)