En una sociedad acelerada, como es la nuestra, la impaciencia halla un excelente caldo de cultivo. Lo cual suele ser una mala noticia. Porque la impaciencia lleva fácilmente a la precipitación. La precipitación conduce a menudo al error. Y el error nos puede acercar al batacazo, seguido, si no ha sido mortal, del consiguiente periodo de recuperación. En otras palabras, nos acerca al fracaso. Ya lo decía Chesterton, rey del aforismo paradójico: el inconveniente de la prisa es que se nos lleva demasiado tiempo.
Los casos de conducta impaciente no son raros en nuestra escena política, donde se prodiga el cainismo. Cada vez que veo y oigo a Isabel Díaz Ayuso pregonando su programa de libertad y cerveza me da la sensación de que tiene prisa por arrebatarle la jefatura del PP a Pablo Casado. Ella insiste en que con la presidencia de la Comunidad de Madrid ya va que se mata. Y quienes siguen de cerca la ­evolución del PP le dan la razón y atribuyen sus roces con Casado a la desconfianza entre Ayuso y Teodoro García Egea, mano derecha del presidente, y a los ímpetus de Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de la presidenta. Pero, en cualquier caso, está claro que el modo en que ejerce su liderazgo Ayuso contribuye a minar el de Casado. Y, por consiguiente, que parece que tenga prisa por relevarle.
Algo similar podría decirse de la actitud de Casado respecto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, al que ­rocía, inclemente, con un chorro ina­gotable de sapos y culebras. En sede parlamentaria, en los congresos de su partido, en sus cotidianas declaraciones a la prensa, la radio o la televisión, no pierde ocasión para proclamar que ­Sánchez es un desastre inconmensu­rable, que su tiempo está agotado, que debería desaparecer ya y, de paso, cederle a él la Moncloa. O sea, que a Ca­sado le domina también la prisa y la impaciencia por alcanzar un objetivo po­lítico, cuya conquista tiene sus propios ritmos, no necesariamente sincroni­zados con las urgencias del aspirante. 
La impaciencia nunca fue la mejor consejera. Es sabido, en Madrid y en Barcelona, que buena parte de los fracasos son fruto de querer adelantar los éxitos. Cuando aquí se vaticinó, hace ya años, que la independencia iba a alcanzarse en dieciocho meses, lo que de facto se hizo fue contribuir a su fracaso. Cuando la presidenta del Parlament exigía al presidente de la Generalitat, con apremiante voz aguda, que pusiera las urnas, estaba de hecho contribuyendo al mencionado fracaso. Y cuando el más procesista de los cantautores catalanes reclamó la independencia argumentando –es un decir– que tenía prisa, ya quedó bastante claro que la operación naufragaría en aguas profundas.
El tiempo, aunque actualmente se mide con extrema precisión, al nanosegundo si conviene, es también una magnitud elástica. En Latinoamérica, y en particular en México, lo saben bien. Por ello, además de ahora, usan el  término ahorita (también ahoritita y otros más que aquí no detallaremos). Con el adverbio ahora nos referimos al momento mismo en el que estamos viviendo. Pero con el diminutivo ahorita se ensanchan los márgenes del ahora, al que se confiere un abanico de significados y posibilidades, a discreción de quien lo pronuncia y para desespero de quien lo escucha. Por ejemplo: dentro de un rato, hoy, cuando pueda, cuando me dé la gana, en un futuro indeterminado o nunca.
Si las dimensiones finales del ahorita son fruto de la impuntualidad, la molicie, la desorganización o una mente olvidadiza, probablemente iremos mal. Pero cuando el ahorita se acompasa con los tiempos necesarios, con la debida diligencia pero sin impacientarse, quizás vayamos mejor. Afirmaba Kant que la paciencia es la fuerza de los débiles y la impaciencia es la debilidad de los fuertes. He aquí la sentencia propia de un observador sabio, que todos deberíamos entender y atender. Los débiles, porque no tienen más remedio que aguardar a que se presente la ocasión propicia para lograr sus objetivos. Y los fuertes e impacientes, porque acaso no sean tan fuertes como creen. O no lo suficiente como para andar tan apresurados sin tropezar y descalabrarse. Dice el refrán: paciencia, hermanos, y moriremos ancianos.

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de noviembre del 2021)