Zapeando por los canales televisivos catalanes he topado estos días con más de una tertulia en la que se debatía sobre la conveniencia, o no, de que una hipotética Catalunya independiente disponga de ejército propio. El tema  no es nuevo ni aparece en la actual tabla de las preocupaciones ciudadanas, ni por arriba ni por abajo. Pero gana vigencia a medida que las cadenas públicas le obsequian prime time.

Por regla general, incluso los independentistas de primera hora han considerado que este era un debate prematuro. Ahora ya no. Así lo sugiere el interés por la materia de algunos funcionarios que pagamos entre todos, la publicación de libros sobre la cuestión y la difusión de informes profesionales sobre las supuestas necesidades catalanas: porcentaje idóneo de personal militar por cada mil habitantes, número pertinente de brigadas, de carros de combate, de aviones de caza, de buques de guerra… Así lo sugiere también la tendencia del procesismo a hacer como que vive ya en el futuro soñado, pero todavía lejano, entre otros motivos porque no cuenta con los apoyos suficientes. Dice el refrán: no diguis blat fins que no sigui al sac i ben lligat.

Los partidarios de reverdecer el espíritu de almogávares y miquelets repiten que no hay independencia real sin ejército que vele por ella. Y, ya en clave comunitaria, que la Unión Europea –la misma que se niega a recibir al in­dependentismo– no toleraría que Catalunya descuidara militarmente su flanco me­diterráneo. Los contrarios a la propuesta despliegan un abanico de razones, desde la inviabilidad de un ejército convencional en un país de nuestro tamaño hasta el pacifismo. Este sería el marco, digamos, técnico del debate, que los pragmáticos liquidan diciendo que lo básico sería mejorar el servicio de inteligencia y dotarse de unas pocas fuerzas especiales muy cualificadas. Luego está el marco político, más revuelto, porque aflora en él una transversal división de opiniones sobre el valor del ejército en el siglo XXI. Hay partidarios y detractores en formaciones opuestas. La CUP, por ejemplo, es fan de la independencia exprés, pero siente aversión a lo militar.

Este debate podría ser interesante o recreativo. Pero ahora mismo podría ser también un mero reflejo de la creciente afición a sacar pecho del soberanismo. Y de cierta bravuconería que va permeando la revolución de las sonrisas, según nos acercamos al choque de trenes en medio de un estrépito de corrupciones y juicios. En esta deriva cabría inscribir, pongamos por caso, la actitud de Francesc Homs ante el Tribunal Supremo, que más pareció la de un chuleta madrileño, de un echao p’adelante, que la de un catalán prudente y conocedor de los efectos de su arrogancia. O esas temerarias invocaciones independentistas al espíritu Maidán, que debería llevar a los catalanes a ocupar las plazas para defender con su contumaz presencia las decisiones del soberanismo. O, ya en la dimensión romántica, las expansiones de la Coronela, tropa de imitación que evoca las milicias gremiales de la Barcelona de 1714, y que se presenta en su web no oficial como una asociación cultural de recreación histórica, pero apela a divisas más guerreras que culturales, como el orgullo, el heroísmo, el martirio y la fe.

El ejército es, en términos funcionales,  un instrumento de defensa militar. Pero, en términos sentimentales, es además un agente del orgullo nacional. A muchos indepes les emocionaría y enardecería ver las señeras y barretinas de sus manis sintetizadas en distintivos cosidos sobre mangas y pecheras del uniforme de los soldados catalanes. Por cierto, ¿se ha encargado ya su diseño a un modisto local?

Probablemente, el actual ruido militar  va más por ese carril de las emociones que por el realista. Porque, siendo realistas, habría que aceptar que el PIB no da para portaaviones ni acorazados, que Barcelona ya está llena de invasores, ahora llamados turistas, y que las guerras no son como antes. Recordemos, de paso, que la idea de la guerra es en su formato habitual más que estúpida: soldados matando a miles y miles de soldados y civiles, con el fin de debilitar a un Estado enemigo mediante una sangría de vidas humanas y destrucción. Su pervivencia es un insulto a la inteligencia, además de una concesión incomprensible a quienes las orquestan o jalean. (Verbigracia, ese Trump que quiere “volver a ganar guerras”).

Aún así, no descarto topar con más debates militares en la tele. La murga seguirá, aunque al país vecino ya no lo guíe Napoleón. Si  los catalanes y el resto de europeos fuéramos más sensatos, estaríamos pensando en cómo fortalecer nuestra unión, no en atomizarla. Porque hay problemas comunes que exigen soluciones comunes. Y porque, si hubiera un conflicto a gran escala, sólo esa unión nos permitiría salir medio bien del atolladero.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 5 de marzo de 2017)