Activistas o políticos

17.04.2016 | Opinión

Josep Garganté, conductor de autobuses y concejal de Barcelona por la CUP, lleva días generando titulares de prensa. Garganté, que es activista a machamartillo, considera que una de sus prioridades como edil es defender a los manteros frente a la Guardia Urbana. Y eso hace. Con tanto celo, que llegó a exigir al médico que atendía a un mantero lesionado en una caída que atribuyera dicha caída al empujón de un guardia. No lo logró. Pero sí consiguió que el médico le denunciara por coacciones, lo que dio pie al llamado Gargangate. Por menos que esto, en países remotos, otros dimiten. Aquí, en cambio, este edil condiciona el rumbo de un gobierno municipal en minoría.

Cada vez que veo a Garganté en la prensa pienso en Harry Powell, el asesino en serie de La noche del cazador (1955), filme de Charles Laughton con Robert Mitchum en el papel de un predicador pervertido que recorre la cuenca del río Ohio seduciendo, asesinando y robando a viudas adineradas. Quede claro que no asocio a Garganté y Powell por las hazañas de este último. Los asocio porque ambos lucen el mismo mensaje en sus nudillos tatuados: Amor Odio, en el caso de Garganté; Love Hate, en el de Powell.

He escrito ya dos párrafos sobre Garganté, pero el propósito de esta nota no es hablar de él, sino constatar la creciente presencia de activistas en la escena política. Es cierto que este concejal con barba hipster se ha significado mucho como activista, ya fuera en la calle arropando a los que viven en precario, o en los plenos municipales, donde ha brillado lanzando falsos billetes de 500 euros, para sugerir presuntas corrupciones, o ha trajinado placas callejeras borbónicas, retiradas a la brava de la vía pública. Pero Garganté no es el único activista en la escena política. De hecho, cada día hay más.

Los hay en Madrid. Pablo iglesias, por ejemplo. El líder de Podemos ejerce plenamente como político y goza de un poder real. Lo prueba su decisiva contribución al fracaso del pacto de gobierno entre PSOE, Ciudadanos y Podemos. Pero Iglesias es, por convicción y formación, un activista. Lo era ya como alevín de militante antiglobalización. Lo era en sus años universitarios, cuando coorganizaba boicots a líderes políticos que pretendían dar una conferencia en las aulas y les impedía expresarse. Lo es ahora, cuando mitinea como un furor y unos crescendos que remiten a los años de la Pasionaria. Y, también, cuando teatraliza cualquier comparecencia pública a fin de rentabilizarla, arremangado, encorvado y prodigando sonrisas irritantes a fuer de impostadas.

Esa preeminencia de los activistas, tangible en la escena política estatal, es dominante en la catalana, donde copan los más altos cargos. Empezando por el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, cuyo activismo se remonta a la época de la Crida a la Solidaritat, fue esplendoroso en su periodo de presidente de la Associació de Municipis per la Independència, y le aconseja ahora defender, desde la más alta instancia catalana, el desacato legal. Siguiendo por la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, que accedió al cargo procedente de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), donde antepuso su pasión soberanista al orden establecido. O por su sucesor, Jordi Sànchez, aupado sobre su currículo de activista pata negra, que arranca en los primeros 80, incluye brega callejera y, luego, cargos públicos de cuota nacionalista bien remunerados.

¿Es raro que haya veteranos activistas en la política? No. Suele pasar. También el patriarca Jordi Pujol lo fue. Pero sería deseable que, al entrar en política, dejasen de comportarse y significarse como activistas. Un activista no es exactamente lo mismo que un político. Trabajan en el mismo sector, sí. Pero hay matices. Un activista es el miembro de una asociación política que recurre a la acción directa, expeditiva, para lograr sus fines. Un político es una persona que interviene en la política y en las labores de gobierno, y que respeta las leyes. Por extensión es una persona a la que se supone apta para dialogar con los rivales políticos, exhibiendo educación, tacto y cortesía, prescindiendo del exabrupto o la ofensa. El activista es a menudo radical en su ideología, bronco en su conducta, insobornable en sus odios. Un político no puede permitírselo. Debe tener convicciones, pero sin perder las maneras ni olvidar que en el ejercicio de su labor pública sirve a toda la sociedad, y no sólo a los suyos.

Con tanto activista en poltronas institucionales, Catalu­nya vive tiempos de agitación, de manifestaciones, promesas y llamamientos a la insurrección y a saltarse las leyes (para luego tratar de imponer las suyas). Entre tanto, esa mayoría social que entiende la política como un ejercicio de discrepancia, pero también de convivencia y civilidad, que anhela justicia, reformas y progreso como el que más, a poder ser consensuadas y sin barricadas de por medio, se siente cada día más huérfana.

 

(Publicar en “La Vanguardia” el 17 de abril de 2016)