A los siete días

02.12.2012 | Opinión

Dice el tópico que las elecciones son la gran fiesta de la democracia. Es verdad. O así nos lo ha parecido al menos a los que, por edad, sabemos lo que significa verse privado de ellas. Pero hay fiestas y fiestas. A algunas uno acude ilusionado, dispuesto a compartir y disfrutar. A otras uno va impulsado por el deber cívico, más que por la esperanza de una mejora real. A las elecciones celebradas aquí hace siete días muchos fueron convencidos de participar en un acontecimiento histórico. No tenían, por tanto, ninguna duda respecto a qué partido debían votar.
Por ejemplo, los que anteponían una independencia exprés a otras opciones programáticas, acaso prioritarias. O, por ejemplo, los que se oponían con todos los medios a su alcance -limpios o sucios- a esta posibilidad. Para unos, los males de Catalunya se resumen en la palabra España, y bastaría con separarse de ella para inaugurar una vida nueva y próspera. Para otros, no había otra opción más que votar a los partidos unionistas, porque de otro modo -decían- Catalunya se iba a meter en un lío económico tremendo (y España -esto se lo callaban-, en otro peor). Todos ellos tenían pues muy claro a quien votar. Pero no por eso deberíamos ignorar que un grupo de votantes numeroso (y tan respetable como cualquier otro que acepte las reglas democráticas) no hallaba motivos para votar a los soberanistas ni a los unionistas. ¿Y cómo es posible que suceda tal cosa?, se preguntarán los hombres y mujeres de firmes convicciones. Pues porque los peores males de nuestra democracia no se curan con arengas patrióticas de uno u otro signo. Los peores males están arraigados en el seno de los principales partidos, y estos parecen ser los últimos interesados en erradicarlos. O, a lo peor, es que no tienen ni idea de cómo hacerlo.Sería muy conveniente, ahora que faltan cuatro años para las próximas elecciones -si a nuestro president no le da por adelantarlas de nuevo-, que los partidos revisaran sus programas. Que se atrevieran a priorizar la lucha contra esa corrupción que corroe su credibilidad y, en paralelo, la confianza del elector; que trabajaran en pro de una fiscalidad más equitativa; que hicieran posible una administración más atenta a los intereses del administrado que a los del administrador, ya sea éste político o económico, local o global… Y que lo hicieran con políticas y leyes de aplicación inmediata, que permitieran ir resolviendo lo del 3%, lo del caso Palau, lo de Sabadell, lo de la financiación ilegal de los partidos y el enorme iceberg que hay bajo todo eso. Quizás así, desarrollando estas propuestas, las elecciones volverían a ser la gran fiesta de la democracia. Y quizás así los que hoy acuden a votar con una pinza en la nariz podrían prescindir de ella y volver a votar con renovada ilusión. Es decir, apostando por cualquier partido en verdad regeneracionista, independientemente de la bandera en la que se arrope.