El asalariado medio suele ver amenizado su regreso de vacaciones con comentarios prescindibles y preguntas retóricas a cargo de sus compañeros de trabajo. Entre los primeros están los relativos al estado de ánimo –evidentemente deprimido– del encuestado. Entre las últimas, y refiriéndose al lugar donde han transcurrido sus días de solaz, no suele faltar esta: ¿había mucha gente, verdad? Es una manera oblicua de expresarle cierta compasión y, a la vez, de evitar que se ponga estupendo al relatar sus ocios.
Se ha hablado mucho este verano de la masificación turística que sufre Barcelona, relativamente reciente, dada su raíz postolímpica. Se ha hablado también de la masificación de otros municipios que de antiguo admiten turismo a granel. Por ejemplo, Lloret de Mar, donde los generosos flujos de visitantes propician, además de aglomeraciones en la playa, el turismo de borrachera y la ocasional aparición de aves nocturnas con formación militar que acaban matando a patadas a un incauto ante una discoteca. Y se ha hablado también este verano de las apreturas que se registran en localidades más discretas, interiores o insulares, y a menudo libres de la zarpa del touroperador. Tampoco en ellas es fácil escapar al signo de la congestión; de hecho, algunas de sus avenidas y rotondas registran en días caniculares atascos que no desentonarían en la barcelonesa ronda de Dalt…
La buena noticia es que en ocasiones esa marabunta todavía puede sortearse, sin necesidad de desplazarse a una isla griega a la que no llega el ferry o de aventurarse por el proceloso norte africano. Basta con sustituir el baño en la playa atestada por otro junto a una roca, algo más incómoda pero desde la que el mar parece de uso exclusivo. O con preferir la lectura en un rincón recogido al alboroto de la terraza de moda. O, a la hora de elegir un festival musical, y en lugar de ir a escuchar a una celebrity del momento o una vieja gloria, entre veraneantes que rivalizan en bronceado, descubrimientos de restaurantes y botaduras de nuevos yates, inclinarse por algo más relajado. Por ejemplo, el discreto festival de Cervià de Ter, en cuyo monasterio de Santa María actuó ocho días atrás la pianista moscovita Varvara, a la que se podrá volver a escuchar en la próxima temporada de Ibercamera. Cierto es que el claustro de este edificio ha sido restaurado sin hacerle ascos a la carpintería metálica. Pero también lo es que el concierto, en la hermosa iglesia románica anexa, fue muy satisfactorio, gracias al talento de la intérprete y a un público que guardó silencio y –¡milagro!– no tosió ni una vez. 
Sospecho que al hablar de estos reductos contribuyo a acabar con ellos. Pero cuando eso suceda, cuando ya no haya espacios tranquilos, siempre les quedará a algunos la posibilidad de moverse en el tiempo, hacer vacaciones fuera de temporada y de paso evitar el interrogatorio de los compañeros de trabajo, que sólo hacen preguntas sobreras a fin de agosto.

(Publicado en "La Vanguardia" el 20 de agosto de 2017)