Paseé por la Diagonal de Barcelona el martes por la noche, tras la manifestación de la Diada, y vi más lazos amarillos juntos de los que jamás se verán en Vic, Berga u otros municipios de fama soberanista. Había lazos en las rejas y las puertas de los edificios de viviendas. También en las de los comercios, los bares y los restaurantes. En las barandillas, en las señales de tráfico y en los semáforos. Abrazaban los plátanos, las palmeras y las farolas. Estaban al alcance de la mano o a alturas imposibles. También los había pintados en el asfalto. Y lucían en cada banco y en toda pieza de mobiliario urbano con un asidero practicable.
¡Gran trabajo el de los manifestantes! En el plan conocido de la ANC se les invitaba a participar en la demostración de fuerza, en su coreografía, en sus olas sonoras. Pero, vistos los resultados, también se les debió de animar a amarillear la ciudad. La Diagonal, que se les cedió durante casi toda la jornada, bullía ya de tenderetes y propaganda independentistas antes de mediodía. Los manifestantes ocuparon sus puestos una hora y cuarto antes de iniciarse el acto. Algunos llegaron con antelación. Todos tuvieron tiempo sobrado para anudar lazos, adherir pe­gatinas, enarbolar banderas y colgar carteles. Y eso hi­cieron, antes, durante y después de la mani. Infatigables. 
La omnipresente huella que los soberanistas dejaron este Onze de Setembre en la Diagonal fue borrada por las brigadas municipales esa misma noche. Con buen criterio. Y no lo digo porque el Ayuntamiento sea partidario –que no lo es– de prolongar la prisión preventiva de los políticos que vulneraron la ley. Sino porque el espacio público admite cualquier manifestación que no atente contra la convivencia, pero no debe tolerar ninguna colonización. El ágora está abierta a todos y nadie puede apropiársela.
Pero no es del debate entre quienes ponen y quitan lazos de lo que quiero hablar, sino de la desmesurada eficacia demostrada por las bases soberanistas en Barcelona al cubrirla de lazos. Y de cómo contrasta con la de sus dirigentes políticos, que son también desmesuradamente eficaces a la hora de arengarlas y excitarlas, pero resultan muy ineficaces cuando se trata de lograr progresos tangibles para la causa de la independencia. Pocas veces se habrá generado y acumulado tanta energía popular para alcanzar luego resultados  políticos tan frustrantes.
Son ya siete Diades consecutivas con participación masiva. A la del 2012, que marcó el inicio de este ciclo, acudieron aún muchos descontentos con el reparto fiscal que recibía Catalunya, aunque no por ello partidarios de la ruptura. Pero las siguientes fueron ya independentistas sin tapujos. A sus participantes se les persuadió en el 2014 de que el tricentenario de 1714 allanaba el camino a la secesión. Después, en el 2015, se celebró la Diada en vísperas de las elecciones del 27-S, presentadas como plebiscitarias y como paso definitivo hacia la independencia. Ante la Diada del 2017 se afirmó que las leyes de desconexión arteramente aprobadas por el Parlament el 6 y el 7 de septiembre de ese año no tenían vuelta atrás. Incluso este martes, con el Govern que impulsó tales leyes en la cárcel o el extranjero, oímos en la manifestación soflamas asegurando que este sería para Catalunya el último Onze de Setembre sin Estado propio. Esta reiteración estéril, abonada con la ilusión y la ingenuidad de tantos catalanes, roza ya la tomadura de pelo. Y más cuando es del dominio público que las revoluciones no se hacen desde el coche oficial; que los catalanes se ufanan de ser un pueblo pacífico y, por tanto, remiso a pegarse; que no hay mayorías suficientes para la independencia, y menos para imponerla unilateralmente; que el Código Penal sigue vigente, y que al Estado se le puede reclamar esto o aquello, pero no que colabore sin quejarse ni resistirse en su propio desmembramiento.
Así las cosas, ¿tiene sentido repetir tal cual esta movilización cada Onze de Setembre, sin cambiar de estrategia? ¿Es más importante el ruido que las nueces? ¿Pueden los políticos independentistas exigir más gestas a los esforzados manifestantes cuando ellos sólo les devuelven palabras, promesas incumplidas y avances reversibles? Supongo que si sólo les devuelven eso no es por falta de ganas de darles más, sino porque saben que no pueden ir más lejos sin estrellarse. En tal caso, deberían atreverse a admitirlo y a retocar su plan y su calendario. De otro modo, la descompensación entre la desmesurada eficacia de las bases y la desmesurada ineficacia de sus políticos acabará penalizándoles. Sería mejor para todos los catalanes que pragmáticos y posibilistas, que por cierto parecen ser mayoría en el soberanismo, relevaran a los maximalistas al timón de la nave. Ya están tardando.

(Publicado en "La Vanguardia" el 16 de septiembre de 2018)