Hoy iba a escribir sobre la escritora norteamericana Dorothy Parker, porque el martes se cumplirán 55 años de su muerte. No es un aniversario redondo, lo sé, pero ¿cuál lo es cuando de lo que se trata es de conmemorar –y no digamos celebrar– una muerte? Dicho esto, siempre es oportuno evocar a Parker, a la que recordamos por su agudo ingenio. “Lo primero que hago por la mañana es cepillarme los dientes y afilar la lengua”, decía. Toda una declaración de principios. Otra cosa es el alcohol que trasegaba para alimentar ese ingenio, así como las depresiones y los bajones creativos subsiguientes. “No soy una escritora que tenga problemas con el alcohol, soy una alcohólica que tiene problemas con la escritura”, se sinceró, sin apearse de su ingenio.
El alcohol puede volvernos graciosos o insoportables. “Su problema es que cuando no está borracho está sobrio”, dijo a propósito de un plasta, conocido suyo, el poeta W.B. Yeats, que tenía una visión inclemente del género humano. Por eso preferimos las muestras de ingenio que dejan para más adelante los problemas, en este caso los derivados del alcohol, y resaltan su lado cómico. Por ejemplo, la de Dave Dutton cuando dijo que dejó de ir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos porque “cuando mis colegas me ven llegar creen­ que vuelven a sufrir delirium tremens”. O la de Phil Harris, que se refería como sigue a su dipsomanía y a las consecuencias propias de un accidente nuclear que había tenido sobre su organismo: “No puedo morirme hasta que el Gobierno encuentre un lugar seguro para enterrar mi hígado”.
El alcohol tiene que ver con el ingenio, sí. Y no solo en términos de causa-efecto. Uno y otro se parecen en que no deben administrarse en dosis excesivas, porque eso puede saturar. Para Noël Coward, el ingenio era como el caviar, y convenía servirlo en pequeñas y delicadas dosis, no untarlo como si fuera mermelada sobre una tostada. Sin embargo, cuando uno empieza a soltar frases ingeniosas es difícil parar. Lo cual no quita que sea muy pertinente para vestir situaciones que, en crudo, pueden dar miedo. Por ejemplo, lo de Rusia en Ucrania. ¿Quién nos está hablando ahora mismo de forma ingeniosa de lo que ocurre allí? Desde luego, no es Putin. ¿Acaso están incapacitados los inquilinos del Kremlin para eso? No. Nikita Jruschov, que también llevó al mundo al borde del conflicto atómico cuando la crisis de los misiles de Cuba, tenía su sentido del humor. “La única diferencia entre Kennedy [su némesis en la mencionada crisis] y yo es que si me hubiera muerto antes que él Onassis no se hubiera casado con mi viuda”. O sea, no es obligatorio ser desaborido para optar al Kremlin. Por fin una buena noticia procedente de allí.
Si el lector ha llegado hasta aquí, se habrá dado cuenta de que estas muestras de ingenio, y tantas otras, nos gustan porque de buenas a primeras nos sorprenden y, acto seguido, porque nos damos cuenta de que encierran una crítica acerada contra uno de sus protagonistas. Jruschov lanzaba con su broma un dardo contra su mujer, diciéndonos sin decirlo que era mucho más fea que Jackie Kennedy. Todo esto hace temer que en nuestros días marcados por la corrección política y por todo tipo de cancelaciones para quienes no se someten a ella, la expresión ingeniosa, mordaz, derogatoria pueda tener las horas contadas. El día menos pensado, la prohíben.
Sería lamentable, claro. Perderíamos la ocasión de oír a alguien diciendo de nuestros médicos lo que Walter Matthau dijo del suyo: “Me dio seis meses de vida, pero cuando le dije que no tenía dinero para pagarle me dio seis más”. O para decir de los militantes de Junts lo que Levi Eshkol dijo de los sionistas: “Encierras a tres en una habitación y acaban formando cuatro partidos”.
Sería lamentable, además, porque la frase ingeniosa es, en realidad, una muestra de buena educación y cultura. “Si tienes que matar a alguien, no cuesta nada hacerlo de modo educado”, sugirió Winston Churchill. También fue educada Dorothy Parker –y también trato de serlo yo al dejar sin traducir su próxima cita– cuando se disculpó ante un editor que la apremiaba para que entregara un artículo con estas palabras: “I’m fucking busy. Or vice versa”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 5 de junio de 2022)