La militancia del Partido Popular votará el jueves un candidato a nuevo presidente, que será finalmente elegido en el congreso previsto para dentro de tres semanas. Se cerrará así un período de transición abierto con la caída de Mariano Rajoy, que tras ser barrido por la moción de censura socialista se fue a casa y dejó el partido al pairo. Esta decisión, menos mala que la de su antecesor Aznar, partidario de las sucesiones a dedo, está teniendo efectos indeseados. Entre ellos, una lucha fratricida entre aspirantes al sillón presidencial. Y, también, el descubrimiento de las miserias del PP.
La noticia difundida a inicios de esta semana, según la cual tan sólo un 7,6% de los militantes del PP –es decir, 66.384 de los 869.535 afiliados que afirma tener– se había registrado para elegir al nuevo líder cayó como un mazazo sobre un partido aún conmocionado tras el súbito adiós de Rajoy. La explicación para tanto absentismo pudo ser la falta de costumbre de celebrar primarias o cierta desmovilización de las bases o el breve período para la inscripción de electores. Pero la sospecha de que el PP había hinchado, y no poco, la lista de afiliados ha ganado muchos enteros. Y no será nada sencillo disiparla, independientemente del volumen de la exageración. La que se presentaba como una formación poderosa, de robusta base, y que de hecho detentaba y detenta grandes cuotas de poder, ha asomado estos días como una entidad endeble, baja de tono, y sus bancadas de parlamentarios peleones parecieron de repente una tramoya. Detrás de ellos había menos tropa de la anunciada.
El encogimiento del PP, la incomparecencia del grueso de su base militante, su consiguiente distanciamiento de la sociedad real y, por tanto, su imagen preferente como maquinaria de poder son datos que invitan a reflexionar sobre la función de los partidos. Su principal sentido, sobre todo si aspiran a dirigir el país, es satisfacer con sus decisiones las prioridades de la ciudadanía. Para eso hace falta pisar más la calle, aunque no estemos en campaña electoral, y pulsar el ambiente. Es preciso estar más cerca de los ciudadanos, saber qué piensan y qué necesitan. Es preciso vivir para ellos.
Cuando tal cosa no sucede –como ha pasado en los últimos años– los partidos pierden su razón de ser. Dejan de representar a las personas para representarse a sí mismos. Ya no son emanaciones de la ciudadanía sino entes progresivamente emancipados de ella, más autónomos y centrados en sus intereses particulares, en el control del poder. Nada nuevo bajo el sol. Como advirtió George Washington, primer presidente de EE.UU., “aunque a veces atiendan las necesidades populares, los partidos suelen convertirse en maquinarias poderosas, que en manos de hombres astutos, ambiciosos y sin principios podrán subvertir el poder de la gente y usurpar en su provecho las riendas del gobierno”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 1 de julio de 2018)