Verdades negadas

21.09.2014 | Opinión

Alicia Sánchez-Camacho afirmó el Onze de Setembre por la mañana que el independentismo está “en decadencia” y en “su fase final”. Luego, por la tarde, ese independentismo moribundo congregó a cerca de un millón de personas. Quizás a Camacho le parecieron zombis, pero lo cierto es que la manifestación no tenía, precisamente, aire fúnebre. ¿Bastó esa cifra para que la infatigable líder de los populares catalanes rectificara sus palabras? Pues no, no bastó. Para Camacho no debe haber verdad mayor que la dictada por su credo o por sus deseos. Aunque sea mentira.

“La verdad es la primera víctima de la guerra”. Esta frase se atribuye a Esquilo de Eleusis, que vivió hace veinticinco siglos. Sabemos por tanto de antiguo que cuando dos pelean se olvidan de la verdad y la sustituyen por su doctrina. Sabemos también que ese tipo de verdad vale poco. Y, sin embargo, tratan de colocárnosla con regularidad de autómata, como si fuera a aumentar la confianza que nos inspiran, en lugar de minarla más.

El llamado proceso catalán todavía no es una guerra. Pero ya segrega altas dosis de falsas verdades. Incluso entre instituciones que creíamos poco inclinadas a la trola. Cuando la Guardia Urbana afirma que llenaron la Diagonal y la Gran Vía 1.800.000 personas, y la Delegación del Gobierno sostiene que fueron medio millón, una de las dos está mintiendo mucho. O quizás mientan las dos. Y eso no deberíamos aceptarlo ni olvidarlo.

Por no hablar de la prensa de derechas madrileña, que trató de ocultar la verdad en sus ediciones relativas a la Diada, destacando la manifestación unionista de Tarragona por encima de la secesionista de Barcelona, a pesar del éxito de esta y de la relativa irrelevancia –fue muchísimo menor– de aquella.

Cuando la verdad incomoda o contradice, siempre cabe la posibilidad de ocultarla, piensan muchos. O incluso de negarla, presentando en su lugar como cierto lo que no lo es. Muchos políticos españoles están haciendo grandes progresos en este terreno; de hecho, viven ya afincados en él. Lo cual puede significar dos cosas: que creen que pueden engañar impunemente a sus electores o que han perdido la cabeza. Lo primero sería grave. Lo segundo, más. ¿Qué credibilidad nos va a merecer, en adelante, aquel que con tanto desparpajo niega la evidencia?

La verdad está viva y, por tanto, puede recibir algún golpe y abollarse un poco. Algunos dirigentes irreflexivos prefieren el atajo de la mentira o la ilusión al camino a veces más incómodo de la verdad. Pero si aspiran a representarnos deben respetarla. La verdad debería ser para ellos lo que el código de circulación para los automovilistas: una norma básica de convivencia. Y, ya metidos en analogías, sugiero que se instaure el carnet por puntos para políticos, de manera que vayan perdiéndolos mentira a mentira y sean apartados temporalmente de su actividad cuando se queden a cero.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 21 de septiembre de 2014)