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La isla de San Giorgo Maggiore, en Venecia, es famosa por su espléndida basílica de mármol blanco proyectada por Andrea Palladio en el siglo XVI. Tiene además un monasterio benedictino, un puerto deportivo y un bosquecillo que ocupa la mitad de la superficie insular y no suele ser visitable. Pero ahora, y hasta noviembre, sí: es allí donde el Vaticano ha desplegado su primer pabellón oficial en una Bienal de Arquitectura de Venecia: diez capillas diseñadas por otros tantos profesionales con plena libertad: sólo se les pedía que no rebasaran los 20 metros cuadrados construidos e incluyeran un altar y un atril. Son diez capillas a las que se suma una undécima, con dibujos de Gunnar Asplund para la Skogskapellet en Estocolmo, que inspira toda la operación.
Cuando le preguntaron a Frank Lloyd Wright si creía en Dios, respondió que sí, pero que él lo llamaba naturaleza. Algo de eso hay en dos de las mejores aportaciones a este pabellón: las del británico Norman Foster y los barceloneses Carlos Flores y Eva Prats. Foster propone una obra de planta torcida, cerrada lateralmente por listones de madera verticales entre los que se cuela el jazmín. La integración con el entorno vegetal está muy lograda, aunque no hubiera desentonado en el trópico y no es fácil reconocer en ella el sello Foster. La de Flores y Prats, además de integrarse entre pinos y plátanos, abriéndose a la naturaleza en busca de espiritualidad, remite a los colores de muchos edificios venecianos –ladrillo y blanco– e incluye óculos y otros recursos de la arquitectura religiosa, evitando el mimetismo. Es airosa, de formas amables, y dialoga serenamente con el arbolado verde y la laguna azul. Algo que no ocurre con la obra del japonés Terunobu Fujimori, pese a ser la suya la capilla más parecida a las convencionales.
También el australiano Sean Godsell ha considerado –a su manera– el contexto arquitectónico. Su capilla es un paralelepípedo vertical que evoca torres y campanarios venecianos (sin campanas). Pero es metálica. Y en su tramo inferior cuatro porticones, una por lado, se levantan como alas para acoger al oficiante, a la manera de las marquesinas plegables de churrerías o foodtrucks.
Otros autores han optado por intervenciones radicales, de gesto contundente. Es el caso del paraguayo Javier Corvalán, que suspende una enorme corona, inclinada, creando en su interior un espacio muy agradable, sólo perjudicado por la pesadez de la estructura que lo sostiene. O el del chileno Smiljan Radic, cuya capilla es una especie de capa puesta en pie (y mal cubierta con una lámina de vidrio). Entre tanto, el portugués Souto de Moura apuesta por la materialidad al construir una capilla en miniatura con grandes bloques de piedra encajados.
Otros participantes firman capillas menos afortunadas. La brasileña Carla Juaçaba propone una estructura metálica minimalista, una sola pieza esquemática, fría y poco acogedora, con sucintos asientos y grandes cruces, que más bien parece una enorme y vieja antena de televisión niquelada. El norteamericano Andrew Berman y el italiano Francesco Cellini aportan capillas que no desentonarían entre los stands de una feria de muestras al uso. Pero, en su conjunto, este debut vaticano dirigido por Francesco Dal Co no sólo merece buena nota, sino que es uno de los mayores atractivos de la 16.ª Bienal de Arquitectura de Venecia.

(Publicada en "La Vanguardia" el 10 de junio de 2018)