He escrito algunos artículos sobre anuncios publicados en la prensa que me llamaron la atención. La mayoría de las veces no me impactaron por los atractivos del producto publicitado. Más bien me causaron disgusto y dejaron en mí un poso de desazón y melancolía. Porque me pareció que sus redactores creyeron dirigirse a un consumidor acrítico, de grandes tragaderas, al que era posible colocarle mercancías más o menos averiadas sólo con exagerar sus supuestas virtudes. El último que me irritó fue, hace unos meses, el de unos cosméticos que, según su vocero, aportarían paz espiritual a los futuros usuarios. ¡Anda ya! Pero antes hubo otros, relativos por ejemplo a cirugías estéticas, campañas electorales o emisoras de radio: todos ellos portadores de mensajes basura.
En cambio, el pasado domingo leí un anuncio que me llamó la atención por razones opuestas. En primer lugar, porque el producto era digno de la mayor consideración. En segundo porque, si bien el modo en que era presentado lo acercaba al ideal –al fin y al cabo, era un anuncio–, no faltaba esencialmente a la verdad. En tercero, porque se expresaba en voz alta y clara, sin complejos. Y, en cuarto, porque su mensaje me pareció doblemente estimable en una coyuntura como la actual, tan atenta a lo adjetivo y tan retirada de lo sustantivo.
Me estoy refiriendo a un anuncio de la Universitat de Barcelona compuesto únicamente por trece palabras que, con mayúsculas y en un cuerpo de letra reservado para las portadas históricas, manchaban la página entera. Decían así: “Soc pública, soc innovadora, soc crítica, soc ética, soc plural, soc la universitat”. Nada más leer este lema experimenté una sensación de bienestar. Por fin alguien estaba defendiendo en un anuncio no sus productos –en este caso, cursos, grados o másters– sino los valores que los fundamentan. Valores que quienes nos gobiernan, y quienes les hacen la ola sin chistar, parecen haber olvidado ya.
No tengo nada contra la universidad privada, pero es bueno que la pública se reivindique como tal: pocas instituciones merecen tanto apoyo colectivo como las que imparten estudios, esta vez superiores. Es lógico que se defina como innovadora, porque en el inconformismo, la investigación y la superación está el futuro. Y es oportuno y reconfortante que defienda las banderas del espíritu crítico, de la ética y de la pluralidad, que deberían ser las únicas bienvenidas en toda sociedad aspirante al progreso, la justicia y la convivencia. Ver todos estos valores reunidos en un anuncio de prensa me alegró el día. Y no sólo eso. También me indujo a pensar que necesitamos otros liderazgos, más allá de los partidos. Es decir, liderazgos que no carburen ya con intereses cerrados, rencor, reproches y medias verdades, como los que ahora nos llevan por el camino de la amargura, sino con valores que nos acerquen a la auténtica libertad.

(Publicado en "La Vanguardia" el 11 de marzo de 2018)