La BBC ha recomendado a los reporteros y presentadores de su informativo juvenil Newsbeat que prescindan de las palabras largas. Les ha dicho que se dirijan al oyente como si fuera un colega. Que se olviden de los polisílabos. Que formen frases cortas con voces fáciles de entender. La cadena pública británica, admirada por su excelencia periodística, considera ahora que el lenguaje culto es veneno para la audiencia juvenil.
La cosa tiene su lógica. Hay que empatizar con la clientela. Hay que facilitarle la audición. Y no olvidemos que en inglés hay palabras interminables. La más larga podría ser pneumonoultramicroscopicsilicovolcanoconiosis, que tiene cuarenta y cinco letras y define una enfermedad pulmonar debida a la inhalación del polvo de sílice o cuarzo. No me parece mal eliminar este vocablo de los informativos juveniles. Porque es de utilidad muy restringida. Y porque su pronunciación robaría mucho tiempo a historias sobre youtubers, estrellas del pop y otras celebrities que amenizan Newsbeat. Ahora bien, ¿dónde ponemos el límite tolerable de letras y sílabas? ¿Con cuantas resulta digerible una palabra y con cuantas no? ¿Están amenazadas las esdrújulas?
Lo que vale para el inglés vale para el castellano. En la lengua de Cervantes, según una rápida búsqueda en Internet, la palabra más larga sería electroencefalografista, de veintitrés letras. Estamos de nuevo ante un término de uso infrecuente, y más entre los jóvenes, que no suelen ir al neurólogo, pese al efecto de programas televisivos como los realities y las tertulias de cotilleos, que tanto han reblandecido ya el lenguaje y, de paso, el cerebro, la cortesía y las buenas maneras. Claro que una cosa es el público de reality y otra el juvenil, que es el futuro. Por eso me pregunto: ¿lo que propone la BBC es sólo una operación bikini del lenguaje? ¿O, por el contrario, estamos ante el indicio de una regresión idiomática?
El debate sobre el origen del lenguaje es recurrente. Lingüistas, antropólogos y genetistas discrepan. Para unos, el lenguaje nació con el desarrollo del aparato fonador, para otros gracias al del intelecto. Pero sí hay cierto consenso sobre que la aparición del lenguaje, en tanto que facultad para expresarse con sonidos articulados, marca el inicio de la Humanidad, tal y como ahora la entendemos. Por tanto, la pregunta sería: ¿deberíamos dejar de preocuparnos por el origen de la lengua y empezar a temer por su paulatina extinción? ¿Hemos emprendido el camino de regreso de la complejidad y la sofisticación del lenguaje hacia la era previa al Homo sapiens? Si fuera así, ¿es aconsejable olvidar que nuestros ancestros pasaron de los gruñidos y las onomatopeyas a las primeras palabras articuladas no por capricho, sino obligados a afinar su comunicación para sobrevivir? Y, por fin, ¿nos cargaremos el término onomatopeya, que se refiere precisamente a la creación de sonidos y palabras, sólo porque tiene seis sílabas?

(Publicado en "La Vanguardia" el 11 de agosto de 2019)