No suelo coincidir con lo que opina Pablo Iglesias. Me parece un leninista con pujos mediáticos, un colonizador doctrinario del malestar del 15-M, que era tan comprensible como diverso, que pertenecía a todos y a nadie, hasta que él decidió embotellarlo, etiquetarlo y sacarle partido. Pero debo reconocer que su reacción ante la muerte de Forges coincide con la mía: “No puedo concebir que deje de existir”. Eso fue lo mismo que sentí al saber del fallecimiento del humorista el pasado 22 de febrero: incredulidad. En parte, porque Forges había estado siempre ahí durante medio siglo largo, día a día, desde Hermano Lobo y Por favor hasta El País, desde la primera juventud hasta la madurez. Pero, sobre todo, porque retrató al país y a su paisanaje con precisión de sociólogo y gracia, con agudeza y sentido crítico, sin maldad. Supo luchar infatigablemente contra la estupidez y los abusos del poder, que en España y en Catalunya son recurrentes. Sin embargo, ni la gravedad de los episodios históricos que vivió, ni su sentido de la justicia ni su ética insobornable le impidieron ser mesurado. O, mejor dicho, ser siempre atinado al combinar sus denuncias con las dosis precisas de chispa y ternura.
Releo lo escrito hasta aquí y me da la impresión de que estoy retratando a un cursi. Y Forges no lo fue en absoluto. Lo que hizo Forges fue dar con una fórmula magistral para ejercer su oficio y producir una buena viñeta diaria.
La transición fue terreno abonado para el humor gráfico. El franquismo, además de dar miedo, daba risa: era ri­dículo y proporcionaba materiales de primera calidad a los humoristas. Los esfuerzos del ahora denostado régimen del 78 para convertir España en un país democrático movían a veces a sonrisa, porque los alimentaban por igual la ilusión y la inexperiencia, también la razón histórica. (Veremos si dentro de medio siglo se podrá hablar de nuestros actuales gobernantes con la pizca de cariño con que podríamos hablar hoy de los que tuvimos medio siglo atrás). Trenzando aquellos mimbres, los humoristas hicieron maravillas y, dibujo a dibujo, fueron definiéndose. Chumy Chúmez fue un ejemplo de humorismo concienciado, ácido y, a veces, desesperanzado. El Roto, que entonces firmaba OPS, ejerce todavía de conciencia social ante los excesos suicidas del ultraliberalismo. Vallès nos regaló un toque anarquizante único. Y Perich, mi favorito con Forges, aportaba un explosivo plus de inteligencia corrosiva; nadie, ni a derecha ni a izquierda, podía estar tranquilo tras decir una tontería: corría el riesgo de ser fulminado por Perich, entre las carcajadas de sus fans.
Chumy, OPS o Vallès eran mejores dibujantes que Forges, quien al igual que Perich se apañaba con trazos esquemáticos. Pero a Forges no le lastraban el pesimismo de Chumy, ni las negruras kafkianas de OPS, ni los desórdenes bohemios y rambleros de Vallès. Forges volaba en alas de su cóctel equilibrado de espíritu crítico, bondad y humor. Por eso su legado va más allá de los dibujos. Por eso su manera de estar en el mundo debería ser un modelo colectivo. Y no sólo porque con él hayamos perdido tanto y porque necesitemos  relevos. También porque los usos hoy ­dominantes parecen correr en sentido contrario al de Forges. La política espa­ñola y la catalana han retrocedido si las comparamos con la de la transición, pre­sidida por un espíritu pactista y componedor. En su lugar nos afligen hoy el gesto ­airado y el desplante párvulo, como hemos podido ver –y lamentar– en las ceremonias de apertura del Mobile World Congress. Abundan, en Madrid, los mandatarios sordos e inhábiles para sus funciones, salvo la represiva. Y abundan por aquí los recalcitrantes, como esos políticos capaces de confesarle al mundo que la independencia fue un camelo y, al tiempo, seguir azuzando a sus activistas y monopo­lizando los medios de comunicación públicos para agitar en la calle lo que no con­solidaron en las urnas ni desde el poder. Abundan, en suma, quienes nada aprendieron de Forges.
La muerte de este humorista ha sido llorada por todos aquellos a los que un día, o muchos días, iluminó y divirtió. Forges es, en sí mismo, la prueba de que se pueden hacer las cosas con mejor criterio, criticando todo lo que merezca crítica –empezando por uno mismo–, sin ceder en las propias convicciones, sin avasallar a los demás. Ese fue Forges. Si no hubiera existido, con esa temperada mezcla de compromiso y bonhomía, quizás podríamos pensar que fue un ser soñado, angélico, mítico, irreal. Pero existió. ¿Qué mejor modo de honrar su memoria, de preservar su legado y de paliar su pérdida que tratando de asumir la esencia de su conducta, siendo un poco menos como somos y algo más como fue él?

Publicado en "La Vanguardia" el 4 de marzo de 2018)