Ayer se cumplieron 25 años de la muerte del crítico de cine José Luis Guarner. Ha pasado ya un cuarto de siglo. Pero le recuerdo como si fuera ayer atravesando la redacción de La Vanguardia, rumbo a la sección de Espectáculos, donde entregaba la crítica que se publicaría al día siguiente. Guarner avanzaba saludando a bulto con voz gangosa y amable –Hola, buenas tardes-, pasito a pasito, con mucho tiento para no tropezar con los carritos de las máquinas de escribir. Porque Guarner, además de sordear, sufría una retinitis pigmentosa que reducía su campo visual. El cineasta y escritor David Trueba recuerda que en una ocasión “confundió un ficus con mi sobrino Jonás y exclamó: ‘¡Pero si está hecho un caballerete!’”. En la Filmoteca eran legendarios sus gritos en la oscuridad –“¡Foco!”–, con los que Guarner parecía achacar al descuido del proyeccionista lo que este quizás atribuiría a sus déficits sensoriales. Aún así, se erigió como el mejor crítico de cine en lengua española.
Los factores que le auparon a la cima gremial fueron varios. En primer lugar, la pasión por el cine. Guarner vivía con y para el cine; podría haber dicho, como su admirado Brassens en J’ai rendez-vous avec vous, que “tout le restant m’indiffère”: se calcula que durante 40 años vio un promedio de dos películas al día, es decir, cerca de 30.000, fuente de su enorme erudición. En segundo lugar, una vasta cultura que le permitía sazonar sus críticas con referencias literarias o teatrales; “el cine –escribió Guarner– es una disciplina estética que puede y debe ser estudiada con el mismo rigor y profundidad que sus colegas tradicionales”. En tercer lugar, su escritura exacta y amena, irónica y juguetona. En cuarto lugar, su bonhomía y su generosidad: Guarner podía ser duro con los consagrados, pero era siempre considerado con los noveles. Y, por supuesto, su inteligencia, su perspicacia y su finura analítica, que servía con empaque ensayístico y afán modernizador en las revistas especializadas (Documentos cinematográficos, Film ideal…); con ambición canónica en libros como su monografía sobre Rossellini; con rigor y desenfado en Fotogramas, donde colaboró tres decenios; o con una ligereza trufada de saberes, que generaba cinéfilos, cuando escribía en un diario de información general como La Vanguardia, donde fue un faro entre 1984 y 1993.
Además de todo lo dicho, José Luis Guarner era discreto, modesto, nada infatuado. Reclamaba el tratamiento de cronista –la antología de sus críticas que publicó Anagrama en 1994 se titula Autorretrato del cronista–, como si el rango de crítico le pareciera ostentoso. Prefería incluso la categoría anglosajona de filmgoer –simplemente, “uno que va al cine”– a la de cinéfilo. Sea. Pero habrá que añadir que nadie le sacó mejor partido a la afición al cine, ese arte, según el humanista Guarner, en el que bastan “unos segundos para ofrecer la plena revelación de los sentimientos de un ser humano”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 4 de noviembre de 2018)