El Mobile World Congress (MWC) que esta semana se ha celebrado en Barcelona es el gran escaparate de los avances en telefonía móvil. También ha sido el escenario elegido por ciertos representantes institucionales para lucir sus retrocesos. O sea, la tecnología progresa mientras la política se infantiliza. Vamos mal y hay gobernantes que parecen querer ir a peor.
Motivan estas líneas los desaires del presidente de la Generalitat y de la alcaldesa de Barcelona al Rey en la inauguración del MWC. Ni Torra ni Colau salieron a recibir a Felipe VI a la puerta del MNAC, cuando llegó a la cena previa a la inauguración, por considerar ese trance protocolario algo similar a un besamanos no apto para insumisos profesionales. Luego, aprovecharon los parlamentos de bienvenida para reiterar su credo independentista o republicano. Tampoco salieron a la puerta del recinto ferial para recibir y saludar al Monarca el día siguiente. Así exhibieron su inflamada dignidad y, de paso, evitaron una foto que podía pasar por vasallaje. Aunque tal foto acabó haciéndose en otro lugar de la feria y divulgándose.
En esta segunda fecha, Torra se impuso a Colau en su particular competición para ver quién desaira más y mejor al jefe del Estado. Al objeto de enfatizar su rechazo, abandonó la comitiva encabezada por el Rey cuando se acercaba al pabellón de España. Pretextó para ello una “importante” reunión con empresas tecnológicas. He oído excusas más creíbles y he conocido a secretarias más competentes al ordenar una agenda presidencial. Luego, el Rey decidió –aunque también podía haber decidido lo contrario– no visitar un pabellón de Catalunya desprovisto de autoridades.
Estas conductas se derivan, como sabemos, del conflicto político que pasa ahora por el Tribunal Supremo, donde difícilmente se resolverá con bien para unos u otros. Quiero precisar, antes de seguir, que no pretendo criticar aquí el proyecto político de Torra y los suyos,  sino sus métodos de trabajo, ya sean viajes inútiles a Estados Unidos o desaires, igual de inútiles, al Rey. En tanto que expresión de una posición política personal, tales conductas son legítimas. Pero como expresión de quienes dicen representar a los catalanes, que tienen ideas diversas, son groseras e inaceptables. Además de suntuarias en una democracia con cauces para el debate. Intentaré, pues, formular una teoría del desaire y ver si tales conductas llevan lejos. Y si no lo logro, intentaré refutarla.
Una teoría es un conjunto organizado de ideas sobre cierto tema, o que tratan de explicar un fenómeno. Una teoría del desaire sostendría quizás que dar plantones o desplantes y tratar de ningunear o humillar al rival fortalece la propia posición y, al tiempo, propicia que ese rival nos respete más. Eso sería lo que le daría sentido. Pero, en líneas generales, no parece una teoría lógica ni fructífera, porque no se suele recompensar a quien nos fastidia. Tampoco lo es su aplicación en esta coyuntura, cuando se reclama diálogo a menudo y, sin embargo, se dan plantones que lo abortan y nos devuelven a su grado cero.
Las teorías se formulan a partir de una hipótesis, de una conjetura que debe ser probada para validarlas. En la teoría del desaire –o teoría de Torra, en homenaje a uno de sus más conspicuos practicantes–, la aventurada hipótesis sería: comportándome de modo descortés con el Rey obtendré los mayores beneficios para todos los catalanes, y de paso para mí, que por cualquier otra vía. La prueba efectuada en el MNAC y en el recinto ferial para confirmar tal hipótesis fue fallida en lo relativo al Rey, que no mejoró el concepto que tenía de Torra, y también para los catalanes. Quizás no para los indepes que apreciaron en la conducta de Torra gallardía. Pero sí para el resto, que la consideraron grosera e improductiva. Así las cosas, ¿qué valor podemos atribuir a una supuesta teoría del desaire? Poco. Porque el desaire no resuelve nada, sube la tensión y nos aleja del acuerdo. Y porque el desaire es desaprobado por cuantos opinan que sólo denota mala educación. ¿Cuándo aprenderán nuestros graníticos líderes que se avanza más con inteligencia que con tozudez?
Claro que, tratándose de Torra, quizás todo fuera un gesto. Eso nos lleva a otra dimensión, la de la teoría del gesto, faro de la presidencia de Torra, en la que podría inscribirse la teoría del desaire. Dice la teoría del gesto que la productividad de la política de Torra depende de la gesticulación, porque su estatus de presidente vicario y teledirigido no le habilita para más. Pero a lo sumo produce vergüenza ajena, enquistamiento de los problemas y fatiga. Una fatiga que empieza ya a generar reacciones preocupantes. Como ese tono desabrido, pendenciero y lamentable que usó el diputado Girauta (Cs) para anunciar en el Congreso que se hacía toledano porque no aguantaba ya más a los indepes. Rayó a la altura del Casado más incontinente y le superó dando voces. Otro retroceso. ¿Nos podemos permitir muchos más?

(Publicado en "La Vanguardia" el 3 de marzo de 2019)