Habituados a la parálisis de Rajoy, al monotema catalán y al perfil bajísimo observado por Pedro Sánchez en el último año, es decir, casi anestesiados, los españoles hemos asistido esta semana a un terremoto político. El insumergible Rajoy se ha hundido. Su partido, con 134 escaños, ha sido apeado del poder. Sánchez, con 84, preside hoy un Gobierno socialista monocolor. En Catalunya, excepción que confirma la regla, la situación sigue empantanada. Salvo por esto último, se despejan horizontes. Y la sensación es de alivio.
No hace falta ser más de centroizquierda que de centroderecha para apreciar las ventajas de lo sucedido. Abrir las ventanas airea la casa. Quienes empuñan las riendas del poder no quieren, por lo general, soltarlas. Aunque así lo exijan la lógica y el decoro cuando la corrupción ya les llega al cuello. Esa per­tinacia les salva por un tiempo, pero deprime al resto de la población, dolida por el atropello de la ética política. Cuando ocurre tal cosa, el hombre de la calle, impotente, puede sentir la tentación de desentenderse de lo que pasa. Conclusión número uno: la esclerosis política beneficia a quienes la orquestan, pero abona el desánimo colectivo.
Rajoy, un político de legendaria resistencia, viva imagen del tentetieso, ha sucumbido a la audacia de Sánchez: en tres días se ha visto sorprendido por una moción de censura que unía a fuerzas políticas heterogéneas –pero cohesionadas a la contra–, la ha perdido, ha entendido que eso significaba el fin de su jefatura del Partido Popular (tras 37 años de carrera pública) y ha recibido el apenado pésame de sus fieles, que en la hora del adiós lo han rebozado de elogios, antes escatimados. “Les morts sont tous des braves types”, decía Brassens. Así es. Pero lo relevante es que lo inamovible se ha movido. Un día leímos “Cae Rajoy” y, al poco, “Rajoy se va”. Y eso nos da esperanza. También un día leeremos “Cae Trump”. O “Cae Puigdemont”. Conclusión número dos: en democracia, los que parecían eternos también acaban cayendo.
(La marcha de Rajoy ha causado un daño colateral: ha sacado a Aznar de su caverna. Más severo, escurialense, pomposo, supuestamente providencial e irritante que de costumbre, con el cadáver político de Rajoy todavía calentito e insepulto, Aznar se ofreció para pilotar una rigurosa recomposición del centroderecha. Aunque a juzgar por las reacciones airadas de los tenores del PP, que todavía guardan el duelo y las formas (pero pronto intercambiarán navajazos en la lucha sucesoria), Aznar tiene poco que rascar en su viejo partido. Y tampoco lo tendrá en Ciudadanos, donde el impaciente y solitario Rivera, contrariado por una moción que le pilló a contrapié, sueña su propia investidura día y noche. Conclusión numero tres: retirarse joven y bien pertrechado es difícil; superar eso roza lo imposible; exhibir una arrogancia  cuasi patológica es penoso).
En Catalunya, el presidente vicario Torra lleva ya semana y media en los despachos de la Generalitat que le permiten usar. Alterna la defensa del avance hacia la república con la promesa de diálogo. Es obvio que tiene experiencia en lo primero, pero está por ver que sepa o le dejen dedicarse a lo segundo. Entre tanto, se le han ido los días en colocar una pancarta reivindicativa en el balcón de la Generalitat, visitar dos veces las cárceles madrileñas para simular traspasos de poderes con los políticos presos (antes viajó a Berlín y Bruselas, para recibir órdenes de quien le designó o departir con los expatriados), y someterse a su primera entrevista en TV3. En el plató, Torra demostró una extraordinaria capacidad para no responder a las preguntas que le hicieron, acreditó de nuevo su militancia indepe, inapropiada para dirigir un país plural, y en nada mejoró la opinión que de él se tiene fuera de su iglesia. A falta de políticas de progreso colectivo, prosigue con la escenificación del agravio de parte. La función pierde chispa a diario, por previsible. Si fuera una serie televisiva, ya la habríamos abandonado. Conclusión número cuatro (y primera ley de la Generalitat soberanista): cada nuevo presidente es peor que el anterior. 
Por último, Pedro Sánchez. Su pasado reciente es el del fajador que ha encajado palizas monumentales y, contra toda previsión, ha resucitado de entre los muertos. Pero esta ha sido su semana de gloria, coronada con la formación de un Gobierno que bate el récord mundial de paridad, que está firmemente comprometido con el proyecto europeo e integrado por ministros en su mayoría de sólida trayectoria profesional, política e institucional. Su futuro está, ahora mismo, por escribir. Pero la selección, dado su buen criterio, invita al optimismo. Conclusión número cinco, y última: es mucho mejor que un gobierno carbure con talento que con victimismo.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de junio de 2018)