Una de gambas

13.07.2014 | Opinión

Gambas. Qué ricas. Escucho la voz gamba y empiezo a salivar. Gambas a la plancha, sólo vuelta y vuelta, con un toque de aceite y sal, mejor algo crudas que demasiado cocidas, mejor carnosas que resecas. Cabezas de gamba rebosantes de humores nutritivos, de concentrado marino. Largas discusiones entre aficionados a la gamba, con riesgo de derivar en altercado, sobre si son más apetitosas las de Palamós, las de Roses o las de Menorca. Gambas que sintetizan la memoria feliz de una cena veraniega bajo las estrellas, y se recuerdan todo el invierno con brillos de luz al final del túnel?

Las gambas son todo eso para quienes quieren y pueden disfrutarlas. Pero son también, por desgracia, la prueba de que algo va muy mal en el mundo globalizado. Semanas atrás, The Guardian publicaba una investigación sobre las gambas que se venden en algunas de las principales cadenas de alimentación occidentales, como Walmart, Carrefour, Costco o Tesco. Muchas de ellas proceden de Tailandia, que las produce en granjas ad hoc, propiedad de grandes compañías internacionales, y cada año exporta 500.000 toneladas de este crustáceo. En dichas granjas, las gambas se alimentan con morralla pescada en la zona por embarcaciones atuneras en las que trabajan, en pleno siglo XXI, esclavos. Decenas de miles de esclavos, emigrantes nacidos en países como Camboya o Birmania, sometidos a jornadas abusivas a bordo, a veces durante meses y años. Dicho de otro modo, productos como estas gambas, que se venden luego hermosamente empaquetados, a precios muy competitivos, y se consumen en las ciudades occidentales, son el fruto de la labor de esclavos; de personas privadas de sus derechos más elementales y sometidas a todo tipo de excesos laborales, coacciones y, llegado el caso, agresiones.

La reducción de costes es una de las canciones de éxito en la lista de hits de la economía capitalista. Los gurús ultraliberales predican una y otra vez la necesidad de lograr esas reducciones, mientras en paralelo van creciendo las desigualdades sociales. Ahora sabemos, gracias a informaciones como la documentada por el citado diario inglés, que tales reducciones pueden incluir la presencia de esclavos en la cadena productiva de bienes que luego se venderán en comercios del Primer Mundo, aparentemente ajenos de cualquier sospecha.

Es hora de erradicar estas prácticas deshumanizadas. Y, de paso, es hora de rascarse el bolsillo con algo más de alegría cuando en estas fechas veraniegas acudamos a la pescadería o a la lonja, en cualquier población costera española, y comprobemos que la gamba ha subido un 25% de precio respecto a la semana pasada. Eso acercará un poco más al comprador a la economía del esclavo. Pero le permitirá pensar que nuestros pescadores y armadores se mantienen lejos de ella. El que no se conforma es porque no quiere.

 

 

(Publicado en “la Vanguardia” el 13 de julio de 2014)