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El enoturismo ha popularizado las visitas a bodegas vinícolas. Dichas visitas suelen incluir un paseo por las viñas y otro por las bodegas (en variable estado de revista), amenizado con explicaciones sobre los métodos de elaboración, que pueden parecer prolijas, porque el visitante está más interesado en la degustación final que en los secretos de, pongamos por ca- so, la fermentación maloláctica.
Esa popularización ha animado a algunos bodegueros a contratar a arquitectos de renombre, que a menudo proyectan edificios llamativos, con vocación de emblema de la marca. El Celler Peralada inició este camino en el 2003, cuando contactó con RCR. Pasados casi veinte años, superados los parones causados por la crisis y, también, por un alto grado de exigencia, tanto empresarial como arquitectónica, la nueva bodega acaba de ser presentada en sociedad.
Situado junto al castillo de Peralada, en terrenos de La Granja (proyectada por Adolf Florensa en 1941), con vistas al Llobregat, el paisaje ampurdanés y el Pirineo, este edificio es, pese a sus 18.000 metros cuadrados construidos, un volumen discreto, con más vocación de balcón al entorno natural y de integración en el mismo que de gesticulación arquitectónica: su cubierta-fachada tiene algo de suave colina, bajo la que se elabora el vino, en espacios diáfanos con luces de hasta treinta metros.
Dicen los promotores de esta bodega que su objetivo, además de buscar la excelencia del producto y la sostenibilidad, es convertir al visitante en un enamorado de la marca. Y hay que decir que lo consigue, gracias a un recorrido de atmósfera única, que se inicia con un paseo subterráneo y laberíntico, por sucesivas cámaras en penumbra evocadoras de las de una pirámide egipcia, donde se presentan audiovisuales de los mejores viñedos de la marca: una inmersión en el paisaje ampurdanés, sus estaciones, su mar y sus vientos. También en sus tierras, presentes al pie de cada pantalla.
De ahí el visitante pasa, por una pasarela suspendida de vidrio y acero –los circuitos laborales y turísticos no se cruzan jamás– a la sala de tinas, donde impera una sensación de orden industrial; y de ahí a la de barricas, presidida por la idea de reposo y silencio, entre muros de hormigón ocre, tono propio de la piedra calcárea del lugar, con distintos acabados, siempre bajo una iluminación muy cuidada. Sigue la sala de gaviones de botellas, donde RCR flirtea con su característica idea de abstracción. Y, al fin, por escaleras y altos y estrechos pasillos, se llega al denominado “templo”, donde reposan los mejores caldos, en una atmósfera imponente y atemporal.
Si en Bell-lloc, su anterior bodega, RCR propuso un edificio enterrado, radical, en Peralada ha logrado, a una escala mucho mayor, una obra igualmente esencial y honesta, pero acaso más depurada y de no menor impacto o elegancia. Merece la visita.

(Publicada en "La Vanguardia" el 29 de mayo de 2022)