Carles Puigdemont ha sopesado durante días la idea de dar a Catalunya un “presidente provisional”, según tituló la prensa el pasado lunes. Y el jueves designó a Quim Torra. Todo los cargos son en esta vida provisionales, desde el de presidente de la Generalitat hasta el de Papa de Roma o el de entrenador del Barça –este último, más–. Nada hay definitivo, salvo la muerte. Cuando faltemos, nuestro papel, o uno parecido, lo desempeñará otro. También Puigdemont, que tanto se adorna ahora entre micrófonos y  focos, caerá un día en las simas del olvido. Quizás más pronto que tarde… En términos generales diremos, pues, que no había gran contenido noticioso en aquel titular del lunes. Pero no olvidemos que en Catalunya impera hoy el eufemismo. Riera (CUP) llama “libertad de expresión” a atacar juzgados a martillazos. Y Puigdemont dijo “provisional”, pero quizás pensaba “títere”. Buscaba a alguien que le reemplace hasta que él pueda volver –cosa improbable– para, acto seguido, tratarle como a un kleenex.
La adaptación de la figura del presidente títere a nuestro país ya es más noticiosa (aunque este no sea el primer signo de degradación democrática por aquí). Cuando Putin practicó este juego propio de autócratas con Medvédev, al que tuvo calentándole la butaca presidencial entre el 2008 y el 2012, antes y después de ocuparla él, a casi todos nos pareció algo democráticamente censurable. Porque denotaba enorme ansia de poder por parte de Putin, porque devaluaba la institución presidencial y porque encumbraba a un lacayo con más respeto al jefe que a la dignidad del cargo. Por fortuna, todo eso pasaba lejos de aquí. Ya no. Ahora nos lo proponen en la Generalitat. Puigdemont ha designado un títere para que nos presida, mientras él espera manejar sus hilos desde Berlín. No es una buena idea. Cuando Mas designó a Puigdemont como sucesor ya confiaba en que fuera “provisional”. Ahora la maniobra es más descarnada.
Catalunya vive entre el eufemismo y la realidad virtual. Años atrás, bajo muchos letreros que marcan la entrada a las poblaciones catalanas, se añadió otro con la siguiente inscripción: “Adherit a l’Associació de Municipis per la Independència”. Dado que los gobiernos indepes de tales pueblos habían formalizado su inscripción en dicha entidad, puede afirmarse que ese segundo letrero reflejaba una realidad. Pero, recientemente, tales letreros han sido sustituidos por otros en los que leemos: “Municipi de la República Catalana”. Lo cual, habida cuenta de que dicha República únicamente existe en sueños, no sólo es una muestra de realidad virtual, sino que además arrastra a pueblos reales hacia la irrealidad. Pregunta recreativamente filosófica: ¿puede existir algo contenido en un marco superior inexistente?
Los eufemismos y la realidad virtual nos indican dos cosas. La primera es que las políticas en curso no pueden defenderse ya con su propio nombre, acaso porque son impresentables. La segunda es que la imposibilidad de cambiar ciertas estructuras es tan clara y frustrante que obliga a algunos a crear una realidad alternativa, inexistente más allá del deseo. Una y otra  cosa certifican los límites tangibles, pero innombrables, del independentismo.
Los dos bandos enfrentados en el conflicto catalán han cometido errores. Rajoy y los poderes políticos y económicos que lo sostienen han actuado ante las reclamaciones catalanas con una parsimonia, un desdén y una cerrazón mental que empezaron siendo decepcionantes, fueron luego prueba de su incompetencia y han ­acabado engrosando las filas rivales. El independentismo, a su vez, leyó mal los resultados electorales, se tiró a una piscina con menos agua de la necesaria para nadar –sigue chapoteando en ella– y ha propiciado unos destrozos, tanto de convivencia como legales y económicos, irreparables a corto o medio plazo. Todos esos poderes han sido incapaces de hallar una solución al conflicto. Sus líderes, que se dicen políticos, deberían haber dimitido ya.
Pero pese a compartir esa incapacidad, y según el conflicto se eterniza, los errores soberanistas exhiben una dimensión más preocupante. En Madrid se limitan a aplicar la ley, a veces con rigor sospechoso, pero a costa de un desgaste soportable. Aquí Puigdemont, que se reclama como el representante legítimo catalán, cada día se aleja más de valores catalanes como el diálogo o la integración, y genera más recelos, incluidos los de ERC o el PDECat. Ninguno de estos recelos se expresa todavía de modo claro. Nadie quiere vestir el sambenito de traidor a la causa. Pero quizás haya que considerar también, según arrecian los ­eufemismos y nos alela tanta realidad virtual, que el respeto incondicional  y acrítico a Puigdemont puede ser también una traición a los intereses colectivos del país.

 

(Publicado en "La Vanguardia" el 13 de mayo de 2018)