Un hombre con 40 mujeres

23.11.2014 | Opinión

Sexo e Iglesia: un binomio que da mucho qué hablar. Esta semana, sin ir más lejos, hemos sabido que la Iglesia de Inglaterra aprobaba definitivamente la ordenación de mujeres obispo. Ha tenido que pasar una eternidad para eso, a pesar de que el 74% de los británicos era favorable a la igualitaria medida. Por desgracia, no todas las noticias relativas a sexo e Iglesia son de este signo. También esta semana hemos sabido que el propio Papa ha tenido que darle un tirón de orejas al arzobispo de Granada debido a un caso de abusos sexuales cometidos por una secta de pederastas en su diócesis… Ahora bien, la noticia más llamativa de los últimos días es la referida a las revelaciones sobre la vida sexual de Joseph Smith, fundador y profeta de la fe mormona.

En España los mormones tienen un predicamento limitado. Pero mormones eran los primeros misioneros de carne y hueso que muchos catalanes vimos. Integraban exóticas parejas de veinteañeros norteamericanos con camisa blanca de manga corta, corbata y pelo cortado a cepillo, dispuestos a salvarnos el alma en plena calle. No fue este un deporte minoritario: Mitt Romney, rival de Obama en las últimas presidenciales de EE.UU., lo practicó por aquí en los años sesenta.

Los mormones tenían su morbo particular. (Un amigo mío los llamaba “morbones”. Se decía que practicaban la poligamia, lo cual no era mala tarjeta de presentación en un país machista como España. La historiografía oficial mormona pretendía sin embargo que su fundador había sido un fidelísimo amante de su esposa Emma. Pero la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días –nombre oficial de la comunidad mormona– es ya consciente de que en la era de internet no pueden guardarse secretos ni sostenerse perfiles trucados, por lo que ha preferido revelar la verdad sobre su fundador antes de que lo hicieran otros. Así hemos sabido que Smith no sólo no fue monógamo, sino que tomó entre treinta y cuarenta esposas, algunas casadas previamente con amigos o correligionarios suyos, y una de ellas, al menos, menor de edad. Y aún hay más. Smith no habría sido el devoto esposo que, según el relato oficial, sólo se decidió a abrazar la poligamia después de que un ángel le conminara a hacerlo espada en ristre, sino un incorregible donjuán que dio rango doctrinal a su pasión faldera.

A veces las iglesias se preguntan qué deben hace para mantener sus rebaños cohesionados e inmunes a las tentaciones de la vida moderna. La respuesta habitual a tales preguntas ha tenido que ver con el rigor canónico y la obediencia acrítica. Pero la información desborda hoy la prensa y las redes, y se hace difícil mantener los ojos cerrados o contar milongas. Y casos de sexo y fe como los referidos aquí nos confirman que los creyentes aprecian en la Iglesia lo mismo que en la vida terrenal: por ejemplo, la igualdad, la persecución del abuso, la justicia y la transparencia. Amén.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 23 de noviembre de 2014)