Los presidentes de la Generalitat, de Pujol a esta parte, se sienten inclinados a viajar a Estados Unidos. Hasta aquí, nada que objetar. EE.UU. reúne muchos atractivos turísticos, es la primera potencia mundial y es un aliado conveniente, además de una fantástica caja de resonancia. Quizás por ello, el viaje a EE.UU. es un clásico en la agenda presidencial catalana. Al menos lo es para el independentismo con mando en la ­Generalitat, que tras naufragar en su intento de secesión cifra ahora esperanzas en la difusión de sus ambiciones y en la denuncia planetaria del trato que recibe del Estado español. 
El presidente Torra ha estado la semana que hoy termina de viaje por EE.UU., acompañado por su séquito y por periodistas de medios públicos catalanes (que a falta de eco global aseguran el local). Su objetivo era internacionalizar la causa independentista catalana. Vistos los resultados obtenidos, cabe afirmar que el viaje ha sido un fracaso. Gracias a la mediación de simpatizantes afincados en EE.UU., o de intermediarios interesados, Torra ha logrado dar una charla en un máster de la Universidad de Stanford, entrevistarse con el alcalde de Boise (Idaho) y varios congresistas, y visitar unas empresas, pero no ha obtenido las declaraciones políticas favorables que perseguía. Quizás un presidente de la Generalitat debería aspirar a más cuando cree prioritario cruzar el Atlántico antes que trabajar en Palau.
Los motivos de este fracaso son varios. En primer lugar, una agenda cuya liviandad auguraba, ya antes de que Torra abordara el avión, que la excursión iba a ser estéril. Cuando el presidente Pujol viajó a EE.UU. en 1990 logró que le recibiera, brevemente, el presidente Bush padre. También lo consiguió Maragall, siendo alcalde olímpico. A ninguno de los dos les dio tiempo a sellar con Bush pactos que incidieran en el futuro de Catalunya. Pero  ser recibidos por la máxima autoridad les ahorró a la vuelta críticas relativas al coste y rentabilidad del viaje.
El segundo motivo del fracaso es que el producto que se iba a vender no era apetecible, por no decir que estaba averiado. Al independentismo ensimismado le costará creerlo, pero cada país tiene sus problemas y no suele primar los ajenos. En particular los de un país como Catalunya, con una realidad cotidiana tirando a envidiable, tanto en lo relativo a calidad de vida como a calidad democrática. En el mundo indepe produce falsa sorpresa e indignación que la justicia española encause y juzgue a los electos que vulneraron la Constitución y el Estatut. Pero en las democracias oc­cidentales no causa tanta sorpresa. Quizás por ello la consigna soberanista según la cual la democracia española está podrida no halla la acogida deseada. The Economist, que no es precisamente un semanario posfranquista, acaba de clasificar a España entre las “democracias plenas”, por delante de Japón, EE.UU. o Francia.
El tercer motivo del fracaso quizás haya que atribuirlo al propio Torra, a su limitada agenda de contactos internacionales –siempre aconsejables cuando se va más allá de un taller de elaboración de ratafía o de un aplec del cargol– y a su escaso poder de seducción o persuasión. Súmese a esto el precedente de su anterior y bronco viaje a EE.UU., el pasado junio, cuando encabezó la delegación catalana en un festival folklórico en Washington, y se tendrá la medida de sus habilidades diplomáticas.
El cuarto motivo del fracaso es la contumacia de la Generalitat: no aprende de los errores. Además de Pujol o Maragall, también viajaron a Estados Unidos Mas (tres veces) y Puigdemont. Su propósito era explicar “el procés”. Los resultados obtenidos serían deficientes, ya que Torra ha tenido que regresar allí con similar propósito. Lo cual inclina a pensar que o bien los presidentes catalanes se explican fatal o bien lo que van a contar interesa allí poco. ¿Tiene sentido insistir, rebajando cada vez el nivel de los objetivos institucionales? ¿Quién paga la fiesta?
La respuesta a esta última pregunta es fácil: pagan los catalanes, incluidos los no independentistas. Y no sólo la pagan con su dinero. También la pagan en términos de prestigio. Además de ser inútiles para el soberanismo, estos viajes dañan la marca Generalitat y la marca Catalunya. Cuando Jordi Pujol viajaba por Europa solía tejer planes comunes con sus pares en Alemania, Italia o Francia. En cambio, Torra se va y vuelve de vacío. A este paso llegará el día  en que todos se hagan el sueco cuando la Generalitat llame a la puerta. En el que los catalanes no viajarán gratis por el mundo, como vaticinó un delirante Francesc Pujols, sino que por serlo se les dará, de entrada, con la puerta en las narices. Y no será culpa de España, sino de unos mandatarios catalanes tan latosos como ineficientes.

(Publicado en "La Vanguardia" el 20 de enero de 2019)