Nunca pensé que Harley-Davidson me daría una alegría. La célebre marca de Milwaukee fabrica unas motos que quizás gusten a los amantes del vintage, la explosión ruidosa y los embellecedores niquelados. Pero no a quienes prefieren una moto ligera y manejable, y por tanto miran las Harley-Davidson –el modelo más liviano pesa 222 kilos; el más pesado, 388– con cierta aprensión. Y luego está el factor humano. Ahora pilotan estas máquinas honrados padres de familia que los domingos se visten de motero maldito y van a dar una vuelta con los amigos antes de volver a casa para el almuerzo con la esposa, los ­niños y la abuelita. Pero cuando Peter Fonda y Jack Nicholson protagonizaron la película Easy rider (1969), entre sus usuarios se contaban espíritus libres y, también, forajidos. Hunter S. Thompson compartió correrías con estos últimos y casi lo matan antes de que pudiera escribir su célebre reportaje “Hell’s Angels”. Así le agradecieron que les siguiera al volante de su ranchera convertida en una inmensa nevera de hielo para las cervezas de los Angels.
Digo que Harley-Davidson me dio una alegría porque, semanas atrás, plantó cara a la política arancelaria del presidente Trump y anunció que iba a instalar una planta de montaje en Tailandia, que asumiría parte de las labores que ahora realiza en Kansas. La razón estaba clara: en respuesta a la guerra comercial declarada por Trump, Europa había subido los aranceles a numerosos productos de EE.UU. –del 6% al 31%, en el caso de las motos–, lo cual podía encarecer alrededor de dos mil  euros la compra de una Harley-Davidson en el Viejo Continente. Y, teniendo en cuenta que esta marca exporta una tercera parte de su producción y que el mercado europeo todavía le da algunas alegrías –mientras el norteamericano decae desde hace cuatro años–, la idea de fabricar en el exterior para poder vender motos en Europa o Asia ahorrándose esos aranceles entraba dentro de la lógica de la industria y el comercio.
La reacción de Harley-Davidson constituye un revés para el presidente Trump, que llegó a la Casa Blanca con el lema “Make America great again”. Se suponía que iba a lograr tal cosa conservando y recuperando empleos para los trabajadores de un sector industrial que había conocido tiempos mejores. Pero ahora resulta que su presunta defensa de los productos americanos está causando, indirectamente, la destrucción de puestos de trabajo estadounidenses en dicho sector. General Motors, otra de las empresas favoritas de Trump, se expresó hace una semana en términos parecidos: “Si hay más aranceles, habrá menos inversión, menos empleo y salarios más bajos”. Y Bruselas ya ha advertido a Washington que la guerra comercial pone en riesgo el 19% de las exportaciones estadounidenses.
Trump reaccionó a la decisión de Harley-Davidson redactando tuits furiosos, acusándola de rendirse y amenazándola con crujirla a impuestos (otro paradójico efecto de su política proteccionista según la entiende el presidente). Ya veremos si osa aplicar sanciones arbitrarias a un mercado que está acostumbrado a operar sin obedecer otras leyes que las del beneficio. Pero lo que a estas alturas ya ha quedado claro es que el poder de Trump, que él quisiera omnímodo, también tiene límites. Además de voces críticas en lo que po­dríamos considerar sus propias filas. 
Es realmente reconfortante observar cómo los mandatarios que ejercen su poder con indisimulado despotismo chocan también con límites. Y quien dice mandatarios dice celebridades varias que desde la televisión o las redes están bombar­deándonos a diario con sus dictados. Es bueno saber que la fanfarronería de Trump topa con ciertos límites, en este caso puestos por una industria. Sería bueno también saber que la egolatría y el infantilismo de Cristiano Ronaldo tienen un límite. Sería bueno saber que el victimismo de Puigdemont y la inanidad de Torra tienen un límite. Sería bueno que tantos figurones que están todo el día pontificando, que utilizan su enorme cuota de poder mediático para lanzar mensajes que a menudo son poco edificantes, o que faltan sin reparos a la verdad, se dieran de bruces con un límite y vieran frenada su ex­pansión.
Los límites tuvieron muy mala prensa entre los que fuimos jóvenes hace decenios y vimos en Easy rider un canto a la libertad sin restricciones. Pero cuando quienes ocupan altas posiciones se comportan de modo insensato, la noción de límite recupera atractivo. Siempre nos resultará más llevadera tanta tontería, por ilimitada que parezca, si sabemos que algún día alguien le pondrá límite. De modo que muchas gracias, Harley-Davidson.

(Publicado en "La Vanguardia" el 8 de julio de 2018)