El monstruo de las galletas

18.01.2013 | Mirador

El Gobierno español ha decidido ampliar una semana la fecha de caducidad de los alimentos. De golpe no les gusta que la gente haga caso de las fechas que hay en los envases, sean botellas, tetrabriks o latas. Lo ha dicho el ministro Arias Cañete, a quien le parece intolerable el despilfarro de comida que hacen los ciudadanos. Declaraciones a Antena 3: “Lo que estamos haciendo en el caso del yogur, pero en muchos otros productos más, es ver si prolongamos su vida útil. Lo que nos pide la industria es prolongarlo casi una semana frente a los 28 días actuales”.

Es decir, que si la gente no hiciese caso de las fechas de caducidad, a Arias Cañete no le parecería intolerable y no propondría alargarlas una semana. ¿Qué quieren? ¿Que la gente no haga caso de las indicaciones? Entonces ¿por qué las ponen? Si las ponen es porque, caducados, los productos pueden resultar nocivos. ¿O no es así y nos engañan? ¿O quizá no calcularon bien las fechas? ¿O es que el asunto es aún más turbio y ponen fechas previas a las caducidades reales para que la gente tire antes los productos?

Están como una regadera. Y fíjense que lo ponen difícil para saber cuándo un producto caduca. Muchas veces, leer la fecha de caducidad es más difícil que leer la letra pequeña de las participaciones preferentes. Cifras que sólo se pueden medir en micrómetros y que ni los ojos con mejor visión pueden ver si no es con lupa. “No puede ser que en la Unión Europea haya cerca de 89 millones de toneladas que se tiran cada año en buen estado y en España, 7,7 millones de toneladas, el 42% en los hogares”, ha dicho Arias Cañete, que, por cierto, es el mismo ministro que, cuando la enfermedad de las vacas locas, en todo acto público al que iba se dedicaba a comer trozos de ternera, uno tras otro, con la intención de comerse, él solito, toda la producción estatal, tal como explicó Llàtzer Moix en un artículo glorioso que tendría que estar enmarcado en lugar preferente en todas las facultades de Periodismo. De momento, siguiendo el espíritu de aquella época, Arias Cañete se dedica ahora a comer todos los yogures caducados que encuentra. En una entrevista en RNE dijo, hace unos días: “Veo un yogur en una nevera y ya puede poner la fecha que quiera que yo me lo voy a comer”. Pues si con los yogures no tiene bastante, le puedo pasar direcciones de colmados donde he encontrado otros productos caducados incluso año y medio atrás, y el de un súper que se dedicaba a rascar astutamente la fecha de caducidad de las botellas de Lea & Perrins después de que este menda advirtiese al propietario que hacía cuatro meses que habían caducado. Una vez se haya comido todos los yogures pasados del Reino de España, el ministro Arias Cañete tiene por delante el reto de comerse, acto seguido, el resto de productos caducados que hay en los establecimientos. No le faltará manduca.

Quim Monzó

(Publicado en “La Vanguardia” el 18 de enero de 2013)

 

(En su generoso comentario, Monzó se refiere a un artículo titulado “La misión de Arias Cañete”, que publiqué el 11 de enero de 2001 en “La Vanguardia” y decía así:

Cuando el caso de las “vacas locas” estalló en España, el presidente Aznar llamó a Arias Cañete, su ministro de Agricultura, y, tras comunicarle que había que devolver la confianza a la población, moduló su tono de voz más grave y dijo:

-Tu misión, Cañete, es comerte toda la carne de ternera que puedas.

La escena que acabo de describir es fruto de la imaginación. Pero podría haber sido real: en las últimas semanas, la prensa publica casi a diario imágenes de Cañete hinchándose a ternera: en una, ataca un filete; en otra, pincha taquitos; en la siguiente, saborea un chuletón de medio kilo… El ministro no espera a la hora del almuerzo ni cree imprescindible sentarse a la mesa. De pie, en industrias cárnicas, hoteles y congresos, Cañete está siempre dispuesto. Ahí donde los otros ministros guardan la pluma de firmar, Cañete lleva ya un tenedor.

La impresión generalizada entre los españoles es que nuestro Gobierno da palos de ciego ante la crisis de las “vacas locas”. Pero, a medida que Cañete acelera el ritmo de ingesta de vacuno, voy convienciéndome de que Aznar tiene un agente y un plan para atajar el mal. El agente se llama Cañete y su plan consiste en comerse, él solo, toda la carne de ternera del país, también la averiada, para así acabar con el problema. (“Teníamos un problema y Cañete se lo ha comido”, debe fabular Aznar ante el espejo, en la intimidad de su baño).

El plan es ingenioso, y Cañete, cuya sonrosada tez anuncia buen saque, parece el agente idóneo… siempre y cuando no lo agobiemos. Por ello, conviene escalonar declaraciones como las de la ministra Villalobos desaconsejando a las amas de casa que echen huesos de ternera al caldo. Lo digo, sobre todo, por Cañete, que ahora está concentrado en la carne, y no debe distraerse (ni abrumarse) pensando en que cuando acabe con ella tendrá que empezar con los caldos.)