Alguien se acuerda de Gary Hart? Yo sí me acuerdo. En la primavera de 1987, empezaron a circular rumores de que Hart, senador por Colorado favorito para la nominación demócrata en las elecciones de 1988, llevaba una burbujeante vida extramarital. Hart lo negó en una entrevista con The New York Times, en la que invitó a seguirle de cerca, advirtiendo a quien lo hiciera que se iba a aburrir. Cinco días después, el Miami Herald publicó un reportaje sobre su relación con una mujer menor de 30 años –Hart rondaba los 50–, y el senador abandonó la carrera presidencial. Había mentido, al menos una vez, sobre un asunto privado. Pero eso bastaba para inhabilitarlo ante los votantes cuya confianza reclamaba.
Las cosas han cambiado. Donald Trump ha dicho un promedio de 21 mentiras o frases engañosas cada día durante su cuatrienio, según ha contabilizado The Washington Post. En total, más de 30.000. Pero no han bastado para echarle de la Casa Blanca. A pesar de los dos procesos de impeachment. O a pesar de los efectos de la pandemia, que ha rozado esta semana los 250.000 nuevos casos diarios y suma ya 380.000 muertos (más del doble que en India, que cuadruplica el censo de EE.UU.). O a pesar del asalto al Capitolio.
La mentira no es una rareza en la política estadounidense (ni en la de aquí). Mintió Eisenhower a propósito del avión espía americano derribado en la URSS. Mintió Johnson respecto a la escalada de tropas en Vietnam. Mintió Clinton sobre sus amenidades con la becaria Lewinsky… Pero lo de Trump es distinto. Las suyas no han sido mentiras defensivas, a las que se recurre en un brete. Han sido parte de una estrategia rastrera y viciosa. Empezó diciendo que había más gente en su inauguración que en la de Obama, contra toda evidencia fotográfica. Luego definió sus trolas como “hechos alternativos”. Y ya no paró de soltarlas. Sus mentiras han sido una fina lluvia ácida cuyo propósito era calar en las mentes de los norteamericanos hasta borrar en ellas las fronteras entre lo cierto y lo falso, lo que está bien y lo que no, la conducta ética y la abusiva, la democracia y la república bananera.
Es urgente y es de justicia cargar a Trump con la responsabilidad de esta erosión democrática y de sus consecuencias. Porque Trump perderá el miércoles el poder, pero en EE.UU. seguirá habiendo decenas de millones de trumpistas. La pregunta que procede ahora es: ¿en qué falló el sistema, permitiendo una presidencia infame que ha dividido al país, hoy mitad desquiciado, mitad avergonzado?
La respuesta quizá sea que EE.UU. ha tolerado demasiados atropellos de Trump y no ha tenido o no ha activado los mecanismos para pararle los pies. Porque no eran solo las bolas de Trump, cuya fama de mentiroso en serie le precedía: antes de ser presidente, había mentido sobre el origen de su padre, la altura de sus rascacielos, sus conquistas femeninas, su sagacidad en la bolsa, su fortuna real, etcétera. Han sido también sus oscuros tratos con potencias enemigas. Ha sido su constante recurso a los tribunales: si antes de llegar a la Casa Blanca se vio envuelto ya en unas 3.500 –¡3.500!– causas judiciales, como presidente ha sumado cientos más, relativas a su conducta sexual, fiscal, política, medioambiental, pandémica, etcétera. Han sido constantes sus purgas de altos cargos, a los que pedía más lealtad a él que a la Constitución. Y siguen siendo constantes su resistencia a aceptar un resultado electoral contrastado y su afán por subvertirlo.
¿Era inevitable asistir, pasivamente, a todo eso? ¿Podría, en el futuro, ganar las elecciones otro sujeto tipo Trump y comportarse como él, o peor? Ojalá no. Pero para que eso no ocurra habrá que reforzar los sistemas de control. El presidente no puede eludir el decoro ni la ejemplaridad o, en su defecto, la justicia. No ya cuando deje el cargo, momento en el que la vida judicial de Trump se va a complicar mucho. Sino mientras lo ejerce. Bien está que los poderes del presidente le permitan firmar o vetar leyes, comandar las fuerzas armadas o dar indultos. Pero no es aceptable que haga un mal uso de ellos. Y menos lo es que el sistema judicial se lo tolere. 
Con toda modestia, propongo la implantación de algo parecido a un carnet de puntos para el presidente que permita su evaluación permanente, su paulatina pérdida (de puntos) y, si es preciso, su retirada (de carnet). Eso no hubiera hecho falta en tiempos de Washington, Hamilton, Jefferson y demás padres fundadores que generosamente cimentaron el futuro de EE.UU. Pero, si puede llegar a presidente –¡y serlo cuatro años!– un ególatra y un orate como Trump, eso es muy urgente.
Hemos leído estos días que, a fin de cuentas, las instituciones han resistido. Cierto. Pero ¿resistirán siempre? ¿No estuvimos el 6 de enero al borde del abismo? ¿Qué cabe esperar de tanta impunidad?

(Publicado en "La Vanguardia" el 17 de enero de 2021)