Un artículo de lujo

06.04.2014 | Opinión

“No debemos dejar de callarnos mientras lo que vayamos a decir no sea más valioso que el silencio”. Esta atinada sentencia del abad Dinouart contenida en su libro “El arte de callarse” (1771) no invita, precisamente, a escribir un artículo. Si ahora me atrevo a hacerlo, tras usarla para encabezar mi nota, es sólo para abundar en el elogio del silencio. Siempre fue apreciable el silencio, porque es al cerrar las puertas al exterior cuando abrimos las de nuestro interior;

cuando tenemos la posibilidad de reflexionar y elaborar alguna idea que merezca ser compartida. De nuevo, Dinouart: “No sabe hablar quien antes no ha aprendido a callarse”.

Hoy el silencio sigue siendo apreciable, acaso mucho más que antaño, puesto que se ha convertido en una rareza, en un artículo de lujo (pero no suntuario). Cuantas más posesiones materiales acumulamos, menos bienes naturales disfrutamos. El tiempo, el espacio, el vacío o el silencio siguen por ahí, en alguna parte, pero la mayoría vivimos con prisas, en sociedad e incluso amontonados, envueltos a todas horas en ruido. En un ruido –sonoro, visual o de cualquier otro tipo– que en ocasiones todavía es festivo, y por tanto liberador. Pero que a menudo procede del ordenador, de la tableta o del teléfono móvil, con su enervante sinfonía de timbres, avisos, mensajes y alarmas, a la que voluntariamente nos hemos encadenado. Lo último que hacemos antes de acostarnos es enchufar el móvil a su cargador. Lo primero que hacemos al levantarnos es consultarlo, desenchufarlo y ponerlo en un bolsillo donde lo tengamos siempre a mano. Y lo que hacemos entre una cosa y otra es atender a una sucesión de estímulos larga como el día.

El resto es silencio, dijo Hamlet antes de expirar. ¿Será posible recuperar, o al menos entrever, el silencio antes de la muerte? ¿Habrá un silencio reparador antes de que se imponga el silencio eterno?

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 6 de abril de 2014)