El rapero Valtonyc ya es una celebridad mediática. Sale casi a diario en la prensa. El lunes, porque Bélgica negó su extradición a España, donde fue condenado a tres años y medio de cárcel por enaltecimiento de terrorismo, injurias a la Corona y amenazas. El día anterior, gracias a una sensacional revelación: Puigdemont no es de derechas, es anarquista. Etc.
La notoriedad de Valtonyc invita a conocer su obra, que fue la que le granjeó la condena. A grandes rasgos, podría resumirse como una expresión de odio al sistema, aderezada con un programa reformista a lo bruto, que se nutre de la doctrina terrorista de ETA o del Grapo y de la del estalinismo. Esta es mi interpretación. Pero reproduciré en el siguiente párrafo fragmentos selectos de sus letras para que el lector se forme la suya. 
“A ver si ETA pone una bomba y explota”. “Miguel Ángel Blanco, Carrero Blanco (suenan disparos), bah, ya no, ahora toca a Juan Carlos”. “Licencia para matar, quedarán pocos vivos, acabaré con la izquierda, PSOE y CiU”. “Un atentado contra Montoro otro logro pa’nosotros, socialicemos los medios de producción a tiros y a la mierda los votos”. “Matando a Carrero ETA estuvo genial, a la mierda la palabra, viva el amonal”.
Valtonyc se considera a sí mismo un poeta. Desde luego, rimas de mérito como genial-amonal le avalan. Y, también, como una especie de Robin Hood leninista: “antes me como la trena que vender a la clase obrera”, reza otro de sus ripios. Pero yo diría que, sobre todo, da el perfil del nihilista que aboga por subvertir  el orden social mediante horcas, metralletas y explosivos. Que invoca el ejemplo de bandas terroristas de acreditada trayectoria como las ya citadas. E incluso del terrorismo de Estado: “Qué pena que no haya gulags cerca como en Siberia”, se lamenta el rapero balear.
La libertad de expresión es una conquista que todos debemos defender, empezando por el Estado. Pero no da a nadie patente de corso, y menos aún a los que confunden el derecho a opinar con el insulto –que en exceso siempre es contraproducente– y la exaltación  del odio y la violencia. La opinión no está penada, pero el delito de odio y la incitación a la violencia, sí. Y está bien que así sea. Si se diera carta blanca a Valtonyc y sus huestes quizás impondrían a las bravas un modelo de sociedad en el que acabaríamos añorando, entre otras cosas, la libertad de expresión que, con alguna limitación, disfrutamos hoy. Valtonyc no engaña: en sus canciones aflora la protesta, pero también el odio, ese sentimiento violento de repulsión hacia alguien que incita a atacarle. Aflora además una fea vocación de justiciero, tipo Charles Bronson ultracomunista, que da yuyu.
“Haz el bien a los que te odian”, recomendó San Mateo. Estoy por seguir su consejo, pero sin exagerar. Por eso celebro que Valtonyc esté en Bélgica –aunque allí se vote y se respete la palabra, incluso la suya–, y no en el gulag siberiano.

(Publicado en "La Vanguardia" el 23 de septiembre de 2018)