La foto de Donald Trump ­quitándose la mascarilla, de vuelta en la Casa Blanca tras tres días hospitalizado por ­coronavirus, viene a ilustrar su desafío, supuestamente triunfante, a la ­enfermedad. Supone, además, una nueva y absurda negación de sus efectos, no solo de los que Trump sufre ya en sus propias carnes, añosas y abundantes, sino también de los que han acabado con la vida de más de 210.000 compatriotas ­suyos.
Cualquier presidente aspira a cristalizar su mandato en una imagen de victoria. La presidencia de F.D. Roosevelt podría asociarse, por ejemplo, a la de los soldados norteamericanos plantando la bandera de barras y estrellas en Iwo Jima, tomada apenas dos meses antes de su muerte. La foto de la presidencia de Trump, carente de la menor épica, podría asociarse a ese quitarse la mascarilla y a su presunta recuperación. Y digo presunta porque lo que vemos en el vídeo de tres minutos que recoge el regreso de Trump a su residencia oficial, desde que baja del helicóptero hasta que entra en el edificio, es distinto de lo que vemos en la foto. En el vídeo aparece un Trump que camina con lentitud y escaso brío, que prodiga saludos civiles, con la mano abierta, o militares, llevándosela a la sien; que levanta el pulgar en señal de triunfo. Y que después de subir la escalera respira con dificultad, sin poder evitar alguna mueca de ahogo, tal y como comprobamos gracias, precisamente, a que se ha quitado la mascarilla. En resumen, el vídeo nos muestra a un presidente herido por el virus, que trata de aparentar una victoria discutible, pero revela una salud precaria.
Nada nuevo bajo el sol. Los tiranos suelen ocultar su estado de salud, sobre todo cuando flaquea. Y no solo los tiranos. También algunos presidentes de EE.UU. han sido partidarios del secretismo. En 1893, Grover Cleveland se hizo extraer un bulto canceroso de la boca en el yate de un amigo, frente a la costa de Nueva York, sin decírselo ni siquiera a su vicepresidente. Cuando este hecho salió a la luz, la versión oficial aludió a una cirugía dental. Y las noticias que contaban la verdad fueron desmentidas por la Casa Blanca.
Los mensajes sobre la salud de Trump que hemos recibido desde que fue hos­pitalizado –y a medida que su staff iba ­cayendo, diezmado por la pandemia– han sido, cuanto menos, contradictorios. Tras el positivo se dijo que Trump presentaba “síntomas suaves”, lo cual confirmaba que no era asintomático. Su médico se mostró optimista, mientras fuentes de la Administración admitían que había llegado al hospital con unas “muy preocupantes constantes vitales”. Y solo al anunciarse que lo abandonaría el pasado lunes se reconoció que había precisado oxígeno en dos ocasiones.
Sabemos que el poder miente. Y sabemos que Trump sobresale entre los mentirosos. En sus cuatro años en el poder, The Washington Post le ha contabilizado más de 20.000 trolas. Pero vamos a ser amables y a suponer que no es la mentira sino la ignorancia lo que mejor define a Trump. La pregunta, en tal caso, sería: ¿debe mandar quien no sabe? Esta pregunta nos remite al manifiesto publicado en La Vanguardia el pasado domingo, dirigido por 170.000 profesionales del sector sanitario al presidente del Gobierno de España, a los presidentes autonómicos y a todos los políticos, bajo el título “En la salud, ustedes mandan pero no saben”.
No vamos a decir que los políticos españoles no saben nada o que no están aconsejados en esta crisis por médicos y epidemiólogos fiables. Algunos intentan ro­dear­se de ellos e incluso les escuchan. (Otros, como la temeraria Ayuso, no: prefiere recurrir a la artimaña trumpista consistente en ignorar la realidad, equivocarse y culpar de las desgracias colectivas al rival). Tampoco vamos a proponer que los médicos asuman la función de los políticos. Pero sería bueno que estos dejaran de usar la pandemia como un arma arrojadiza y, en lugar de hacer eso, sumaran esfuerzos para librarnos del virus. Porque a veces parece que los políticos hayan secuestrado la política, que debe centrarse en la gestión de lo público, y la hayan sometido a sus intereses inmediatos.
Volviendo al testarudo Trump, no es de extrañar que, tras exigir el alta hospitalaria antes de lo que era prudente, asegure ahora que su lucha particular contra el virus ya está ganada. En fin, eso ya lo veremos. Si no fuera así, dado que esa lucha se desarrolla ahora en su propio cuerpo, y dada la afición de Trump al espectáculo, quizás vayamos a asistir pronto y en directo al reality de la evolución de su salud. Sería como ver al presidente en el circo romano, donde, cual gladiador ante un león, se enfrentará al virus, en un combate que los medios retransmitirán puntualmente. ¡Este no nos lo vamos a perder!

(Publicado en "La Vanguardia" el 11 de octubre de 2020)