Trasplante de cabeza

08.11.2015 | Opinión

Sergio Canavero, neurocirujano turinés, quiere ser el primero en practicar un trasplante de cabeza. Ya se han hecho trasplantes de corazón, hígado, riñón y otros órganos vitales. También de manos o caras. Pero no de cabeza. Y a eso va Canavero.

En realidad, lo correcto sería decir que Canavero quiere hacer un trasplante de cuerpo. Porque el objetivo no es cambiarle el cerebro al paciente, sino darle un nuevo cuerpo a su cabeza original. Es por ello que sus clientes potenciales serían personas con distrofias musculares o parapléjicos, cuyo cerebro está prisionero en una anatomía paralizada. La operación también parece golosa para los transexuales decididos a sentirse a gusto en su cuerpo por la vía expeditiva, sin cambiar de sexo o tomar hormonas; el cirujano tendría ya a unos cincuenta en la lista de espera.

Canavero asegura que su plan es factible. Pero no pocos colegas discrepan. ¿Es posible empalmar exitosamente las muchas conexiones arteriales y nerviosas que circulan por el cuello de una persona en el de otra? ¿Es posible, tras seccionar una columna vertebral entre la cuarta y la quinta cervical, que el trasplantado tenga movilidad? Y, si así fuera, ¿acaso en el nuevo cuerpo no van a deteriorarse los tejidos cerebrales a la velocidad de costumbre?

La operación, según admite Canavero, no será sencilla: durará hasta 72 horas y requerirá un equipo de quirófano integrado por 150 profesionales. Canavero y su hospital turinés de toda la vida partieron peras en febrero. Pero el galeno ha hallado otro centro presto a asistirle en China. Y ya cuenta sus técnicas en un libro que lleva por título Il cervello immortale.

Tras las dudas técnicas sobre la viabilidad de este proyecto, surge una duda existencial: ¿es necesario que algún cerebro sea inmortal? Miro a mi alrededor y, con el debido respeto, tiendo a pensar que no. (Hoy no entraré en detalles de color local). Miro en mi interior y no cambio de opinión. Woody Allen bromeaba diciendo que el cerebro era su segundo órgano favorito. Para mí, con todas sus carencias, es el primero. Los demás son ingobernables y nos depararan pocas sorpresas agradables y algunos disgustos. Pero, aún así, ¿quien quiere perpetuar su vida cerebral más allá de lo razonable? ¿Hemos olvidado ya que la eternidad –como decía, de nuevo, Woody Allen– se hace muy larga, sobretodo al final?

A la vuelta de los años, el resultado último de la intervención de Canavero sería una mente envejecida, camino de la demencia, implantada en un cuerpo joven. Otra contradicción. A no ser que luego ampliara su proyecto científico y le buscara al cuerpo joven un cerebro más joven todavía. Y vuelta a empezar. En tal caso, el problema sería encontrar a un donante que no estuviera loco o desesperado, y sí dispuesto a desprenderse de su cerebro. Por no hablar de las dificultades de encontrar a un receptor dispuesto a convertirse en otra persona .

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 8 de noviembre de 2015)