Tras la gran ballena blanca

16.08.2015 | Opinión

Pese a los reiterados desaires de Mariano Rajoy y del PP a Catalunya, y pese a que los soberanistas publicitan como panacea para todos los males catalanes la separación de España, no considero la independencia como una prioridad. Por dos razones.

 

La primera razón es de orden global: en un mundo convulso, minado por la desigualdad y amenazado por el oscurantismo, los europeos –y los catalanes como tales– deberían sumar esfuerzos en pos de la unión política continental. Su imperativo ético e histórico más urgente es fortalecer Europa y sus valores, antes que entretenerse en reivindicaciones nacionales.

 

La segunda razón es de orden local: los políticos catalanes que subordinan el debate económico, social y cultural a la lucha por la independencia no me parecen responsables ni, por tanto, fiables; lamento decir que no veo en ellos la sustancia necesaria. Como no me parecen fiables cuantos actúan como si tuvieran una única idea. Me remiten a Joan Laporta, que logró escaño en el Parlament y, tras reclamar allí la independencia, casi enmudeció, como si nada más quisiera o supiera aportar.

 

Quizás algunos lectores repliquen que Laporta es un caso extremo, caricatu­resco. No lo discutiré. Pero vista la tor­tuosa y forzada concreción de una lista unitaria ante las elecciones del 27-S, y visto el acercamiento de Artur Mas a actitudes más esquemáticas, menos plurales, temo que ciertos aspectos del laportismo sean contagiosos. He aquí una tercera razón para ver con reservas el procés y a sus líderes.

 

Entiendo a Mas cuando dice que la cerrazón de Rajoy no le ha dejado más camino que huir adelante. (Aunque no es descartable que otro, en su lugar, hubiera logrado más de Madrid). Pero no puedo aplaudir su deriva excluyente, impropia de quien debe representarnos a todos, y no sólo a los que quieren creer que la independencia todo lo arreglará. Su declaración señalando que no hace falta ganar en número de votos el 27-S para seguir con el procés es, cuando menos, preocupante.

 

El president Mas es aficionado a las metáforas náuticas. Hemos podido comprobarlo a menudo. Le recuerdo fotografiado en este diario, en el 2011, tras asumir la presidencia de la Generalitat, asegurando que la consecución del pacto fiscal era su objetivo, y exhibiendo el timón de una embarcación paterna con los lemas Cap fred, cor calent, puny ferm, peus a terra. Ese amuleto presagiaba navegaciones a toda máquina, incluso en mares gruesas que exigen al piloto acompasarse al oleaje. Pero Mas se presentaba también como un moderado y un legalista, y proclamaba que hacía falta tejer amplios acuerdos para abordar cambios de calado.

 

Luego el Mas mesiánico desenmascaró al prudente, con los efectos de todos conocidos: CDC y el conservadurismo catalán divididos (como el PSC), la ruptura de CiU, la escisión de Unió, el seguidismo de las políticas de ERC y, en suma, la voladura del sistema político catalán. La última sesión parlamentaria de la legislatura, con su bronco cruce de reproches, fue otra prueba de que se han sembrado vientos. Estamos lejos del espíritu y los modos políticos que deberían imperar en una Catalunya de veras ideal. Por ejemplo, los que Isaiah Berlin reflejaba en Three strands of my life: “El respeto por los demás y la tolerancia ante el disenso son mejores que el orgullo y el sentido de la misión nacional (…) El pluralismo y cierto desorden son, para los que valoran la libertad, mejores que la rigurosa imposición de sistemas”.

 

Por seguir con las metáforas náuticas, diría que Mas evoca hoy al capitán Ahab, obsesionado por cazar a Moby Dick, la gran ballena blanca, que en nuestro caso sería, claro está, la independencia de Catalunya; un Mas dispuesto a asumir importantes riesgos a tal fin, incluida la posibilidad de enredarse en las cuerdas de los arpones y hundirse con el Pequod, arrastrando a casi toda su tripulación.

 

Sea cual sea el resultado del 27-S, no creo que Catalunya se vaya a pique como el barco de Ahab. Pero tampoco creo que Europa se alegre de las ambiciones particulares de parte de los catalanes, y las recompense. Bruselas no paga a egoístas. Lo que aquí se justifica en una infundada ilusión puede interpretarse allí como un anacrónico episodio romántico. Ni creo que la sociedad catalana, estresada por el soberanismo, vaya a abandonar pronto los mares encrespados. Para serenarlos conviene más sensatez y menos ilusión. El futuro no se labra con el contorsionismo táctico de Mas ni con el pensamiento mágico de la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural (cada día menos òmnium y menos cultural, dicho sea de paso).

 

¿Cómo explicar que tantos catalanes, aún llevados por el deseo de mejorar, o por el hartazgo de centralismo, hayan llegado a creerse que un mero cambio de ­pasaporte les haría más libres, felices y ­ricos? Siento decepcionarles pero, si hay independencia, seguirán siendo los mismos que son ahora. Con una sola dife­rencia: ya no podrán culpar a otros de sus carencias.

 

 

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 16 de agosto de 2015)