Tony Benn, in memóriam

27.04.2014 | Opinión

Cada día, casi todos hacemos determinadas concesiones en nuestros trabajos. Las estructuras laborales o políticas tienen sus leyes, y quienes las habitamos intentamos no violentarlas, sin renunciar, claro, a aplicar los saberes y modos por los que supuestamente fuimos contratados. “Sir W. Warren me aconsejó circunspección en mi cargo, pues tengo posibilidades reales de progreso”, anotó Samuel Pepys en su transparente diario. Por ahí van los tiros. Ese progreso al que se refería –reducido a menudo ahora a la mera conservación del empleo– tiene su precio. Como todo.

Dicha norma admite sus excepciones. Algunas personas no se desvían lo más mínimo de su ideario. Nunca. Por ejemplo, el político británico Tony Benn, paladín del ala izquierda del laborismo durante la segunda mitad del siglo XX, que falleció en marzo

a los 88 años. Benn no dudó en renunciar a su título de vizconde para poder formar parte de la Cámara de los Comunes. Fue parlamentario más de cincuenta años, y dejó de serlo afirmando que se retiraba para “dedicarse más a la política”. En su larga existencia, pisó muchos callos. El “premier” Harold Wilson decía de él que “con los años se va volviendo más infantil”. La prensa derechista le trató como “el hombre más peligroso de Gran Bretaña”. Y un diario nada sospechoso de conservadurismo como “The Guardian” le despidió afirmando que sería recordado por su valía como parlamentario, radical y dietarista, pero olvidado en su calidad de pensador político y de político pragmático.

Sin embargo, revisando sus frases escogidas –Benn era un orador de fuste y conservaba todos sus papeles– uno encuentra pasajes de interés y pruebas de que mantenerse fiel a las convicciones tiene sentido. En los tiempos en los que Tony Blair y los suyos podaron las últimas ramas socialdemócratas del laborismo, Benn tronó: “No estamos aquí para gestionar el capitalismo, sino para cambiar la sociedad y defender sus mejores valores”. Y expresando sus críticas a Estados Unidos, declaró que “una fe es algo por lo que se muere y una doctrina es algo por lo que se mata; son cosas distintas”. (Eso, que parecía muy feo en tiempos de guerra fría, resultó muy oportuno ante la invasión de Iraq o frente a Al Qaeda).

Pero si tuviera que quedarme con sólo una de sus ideas, yo me inclinaría por esta: “En el transcurso de mi vida he redactado unas preguntas para saber qué hacer con personas poderosas, tipo Hitler, Stalin o Bill Gates. Son estas: ¿Qué poder tiene? ¿Cómo lo logró? ¿En interés de quien lo ejerce? ¿A quien rinde cuentas? ¿Cómo podemos librarnos de usted? Porque si no podemos librarnos de quienes mandan, no vivimos en democracia”.

¿Qué nos queda de un político cuando se muere? A veces, poco. A veces, nada. Pero este cuestionario de Benn es valioso. Aplíquenlo a los que nos gobiernan, ya sea por mandato popular o poderío económico. Y saquen sus conclusiones.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 27 de abril de 2014)