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Tom Wolfe en Barcelona

14.12.2013 | Y más

Un retrato del padre del Nuevo Periodismo, que ha promocionado durante una semana “Bloody Miami” en su primera visita a España

 

“En los 44 años y pico que llevo en este oficio nunca vi nada igual”, dice el editor Jorge Herralde ante la expectación despertada por la visita de Tom Wolfe a Barcelona, que concluye hoy con su vuelta a Nueva York, y que se inició el lunes con su llegada a primera hora a El Prat en un vuelo de American Airlines. Lo que sigue es un apresurado retrato del padre del Nuevo Periodismo en Barcelona.

 

Encorvado.- “Es un viejecito encantador pero encorvado”, dice quien fue a recibirle al aeropuerto, donde esperaba encontrar la espléndida figura de caballero sureño que Wolfe cultiva desde hace medio siglo –traje blanco (esta vez, con la vuelta del pantalón raída: el maestro aconseja fijarse en los detalles), calcetines estrellados o arlequinados, camisas de cuello vertical, corbata, zapatos bicolores, capa y sombrero–. Y que, para su sorpresa, se topó con alguien aquejado de una escoliosis (curvatura de la columna vertebral), que se ha agudizado en los últimos años y le obliga a caminar muy escorado a la derecha. Wolfe se resistió a abandonar el aeropuerto, tras recoger su equipaje, hasta que la cinta transportadora le devolvió los bastones de “trekking” con los que a veces se ayuda al caminar. Ya lo había advertido su agente neoyorquina cuando se le anunció la posibilidad de que su primera visita a España tuviera una segunda escala en Madrid: “muévanle lo menos posible”. Pero Herralde precisa: “columna vertebral aparte, Wolfe está en forma, encantado con la acogida barcelonesa, de buen humor y sin una arruga”.

 

Locuaz.- La primera muestra de tal expectación se dio el martes por la mañana en La Pedrera, donde una treintena de fotógrafos y cámaras le ametrallaron con sus clics y flashes. Wolfe, que conoce bien los deseos del gremio, posó en el patio de la Casa Milà, ante su puerta, en la escalera, y no dudó, a sus 82 años, en posar en un ventanal y saltar por encima de la barandilla modernista, haciendo temer lo peor a sus anfitriones. Medio centenar de periodistas aguardaban a este mito del periodismo en el original aparcamiento subterráneo de La Pedrera, convertido en sala de prensa. Wolfe dio allí las primeras pruebas de sus buenos modales –encarna a la séptima generación de su familia con estudios universitarios– y de su locuacidad, quizás potenciada por las reparadoras catorce horas que descansó el lunes en su hotel, obra de Domènech i Montaner. Y logró que la prensa le escuchara en un respetuoso y macizo silencio, sólo alterado por el ruido de la climatización y por los murmullos que suscitaron dos preguntas relativas al soberanismo catalán. (Eso le permitió exhibir cierto despiste respecto a lo que ocurre fuera de EE.UU: “¿Qué es eso? ¿Algo parecido a lo de Francia y Canadá?”; más tarde confundió Chile con Perú). Esa locuacidad la mantuvo Wolfe toda la mañana, potenciada con muecas muy expresivas, en otras cinco entrevistas. Y, a mediodía, en una comida con su editor que se alargó tres horas “porque no paraba de hablar y cuando acabábamos el plato él no había ni mediado el suyo”. Prosiguió por la tarde con una charla que protagonizó ante trescientas personas reunidas en el auditorio de La Pedrera, en una sesión que agotó sus entradas un mes antes. Y continuó en días sucesivos con una veintena más de entrevistas que pautaron la estancia barcelonesa de Wolfe.

 

‘Bloody Miami’.- Esta maratón promocional estuvo motivada por “Bloody Miami” (Anagrama y Columna), su última novela, un fresco de dicha ciudad donde colisionan policías cubanos, mujeres sensuales, psiquiatras que tratan a adictos a la pornografía, reporteros “wasp”, oligarcas rusos y otros personajes varios. Donde hay escenas desternillantes, como la de la regata de Colón (una reunión de ricos y diletantes a bordo de sus yates) en los cayos de Florida; o las de la feria Miami Art Basel, a cuya puerta se empujan los coleccionistas como marujas a la entrada de las rebajas de El Corte Inglés, y donde se ofrecen performances de alto voltaje sexual (e hilarantes) como “De-fucked”, que “quizás no refleje exactamente una realidad –admite Wolfe– pero que no es nada del otro mundo si consideramos que el arte del siglo XXI es mucho más salvaje que el del XX”.

 

Ambición y palabras.- ¿Quién es el Tom Wolfe que nos trae esta sátira desorbitada? Herralde lo presentó como “un escritor ambicioso, de energía inagotable, con un ojo como un láser, sarcasmo feroz, el status como brújula, excesivo, etcétera”. Y, según reconoció el propio Wolfe, “este es un retrato preciso”. Aunque luego, preguntado por cada uno de esos rasgos, abundó en matices. “Sí, soy un gran escritor, y lo sé desde que tenía diecisiete años –afirmó Wolfe–. Soy ambicioso, como lo han sido tantos escritores. Y tengo energía: mientras recogía información para el libro de Miami, un equipo televisivo que me seguía no daba crédito: ‘¡Tiene la espalda arruinada –decían– y no para!’ Es cierto, todavía me gusta salir por ahí y preguntar a la gente qué opina, meterme en su mente… Cuando he reunido el material, de vuelta en Nueva York, empiezo mis jornadas a las 9 –bien, siempre son las diez– y no paro en todo el día hasta que escribo diez folios a tres espacios… ¿Sabe por qué? Porque si no los acabo de día tengo que seguir de noche: el que inventó las fechas de entrega nos hizo un gran favor”. Por eso y porque Wolfe está plenamente convencido del poder de la palabra, “aunque a menudo sea subestimado”.

Donde Wolfe discrepa educadamente de su editor español es en lo del sarcasmo feroz. “A menudo no hace falta recurrir al sarcasmo –explica–; la mera descripción objetiva de lo que estás viendo supera al mejor sarcasmo”.

 

El turista.- La estancia barcelonesa de Wolfe, decíamos, ha sido una maratón de entrevistas. Tan sólo puso una condición: acabar con ellas a las cinco de la tarde para poder ir al gimnasio y practicar ejercicios terapéuticos. A parte de eso, visitó el Espai Gaudí de La Pedrera, subió –en ascensor– a su azotea, visitó algún restaurante y poco más. Sheila, su esposa desde hace 35 años, que le ha acompañado en este viaje, ha tenido algo más de suerte. “Me gustaría que Tom estuviera viendo todo lo que veo yo –dijo por teléfono mientras visitaba el Palau de la Música–. Este es un edificio increíble, sin un rincón libre de decoración ni descanso para el ojo. Barcelona es fascinante, mucho más variada que Nueva York, y además aquí estás siempre rodeado por la historia”.

 

Amor, familia.- Quizás Wolfe tenga, como se decía más arriba, una mirada de rayo láser, incluso abrasiva, sobre la sociedad. Pero cuando se le pregunta por el amor casi se derrite. “El amor significa encontrar a alguien con quien formas un universo entero, del que el resto del mundo queda fuera”. Y al preguntarle por los hijos –tiene dos, una periodista y un escultor–, su respuesta sigue la misma tónica: “Creo que para un hombre la vida de verdad empieza cuando tiene su primer hijo. Antes todo son preámbulos. Aunque algunos son muy interesantes. En fin, mi idea de la felicidad se acerca a tener una familia. Así formas parte de la cadena de la existencia”.

 

Éxito, dinero.- “Cuando llegué a Nueva York, a principios de los 60, yo era un bohemio”, dice Wolfe. Hoy es un novelista que ha cobrado alrededor de diez millones de dólares por una novela y que vive por Park Avenue, allí donde el compositor y director Leonard Bernstein, al que agudamente retrató en “La izquierda exquisita”, disfrutaba de su triplex. “Bueno, mi casa no está en Park Avenue, sino a una esquina, en la calle 79. Esa zona, con sus edificios lujosos y sus porteros uniformados. no me gustaba cuando llegué a Nueva York. Pero después me di cuenta de que si tienes buen corazón puedes convivir con ellos”, indica sin apearse de su humor.

 

El futuro.- A base de hablar y hablar, Wolfe pierde a veces el hilo, reitera respuestas. “Cuando olvido algo –confiesa– suelo decir que almaceno tanta información en la cabeza que a veces se me derrama alguna”. Y gusta presentarse como alguien de 104 años, nacido en 1909, “porque decir que tienes 82 es una vulgaridad, pero con 104 la gente se interesa por ti”. Pese a estas bromas coquetas, pese a que en ocasiones parezca un rehén de su propio personaje, Wolfe sigue en la brecha. El proyecto en el que trabaja ahora, titulado “The Kingdom of Speech”, es un libro de no ficción sobre la historia de la teoría de la evolución. Eso le anima a decir que “en EE.UU. hay una nueva inquisición, no se da espacio a quienes defienden la teoría creacionista frente a la darwinista”. Pero, tal y cómo acostumbra, luego trata de esquivar el calificativo de conservador y responde a la pregunta “¿quiere eso decir que se alinea junto a los creacionistas?”, con un rotundo “esos no podrían importarme menos; cuando escribo sobre un tema es simplemente porque me parece divertido”.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 14 de diciembre de 2013)