Tobillos e identidad

18.05.2014 | Opinión

Doug Conkyn es un diseñador de chinos. No de ciudadanos de China –que se diseñan solos–, sino de esos pantalones de color caqui e inspiración militar denominados chinos. Doug es alto, guapo, rubio y, además, vive en San Francisco. Muchos mortales estarían encantados de ser reconocidos por esos rasgos. Pero a Doug no le bastan. En una entrevista publicada días atrás, proclamaba: “Siempre muestro los tobillos; es mi seña de identidad”. Y, en efecto, Doug lucía en las fotos pantalones tirando a cortos y prescindía de calcetines –dice no usarlos ni en invierno–, regalando nuestra vista con sus tobillos hermosos y bien torneados.

El magisterio de Doug me llevó, de inmediato, a hacerme esta pregunta: ¿y yo qué podría enseñar? Podría enseñar el codo, pero para eso me haría falta un roto en la camisa, y otro en la americana, lo cual no resultaría muy chic. Podría enseñar la zona del omóplato, pero no habiéndome tatuado nada ahí, carecería de sentido. Podría enseñar otras partes de mi anatomía… pero, bien pensado, quizás conserve en mejor estado los tobillos. El problema está en que los tobillos ya los muestra Doug, y yo no voy a copiarle su seña de identidad particular.

¡Ah, la identidad! ¡Quién la pillara! A juzgar por las celebridades que parasitan los medios de comunicación, si no te fabricas una, no eres nadie. Puede ser extravagante, inconsistente, ridícula, patética e incluso ofensiva. Pero, ante todo, debe ser propia, personal, única y por tanto –disculpen la redundancia– identificadora. Sin embargo, uno busca en el diccionario la voz “identidad” y halla, como primera acepción, la siguiente: cualidad de idéntico. Es decir, todo lo contrario de la singularidad. Y luego uno busca la voz “idéntico” y halla esta primera acepción: completamente igual. Y si uno sigue revisando la definición de “identidad”, en cuarta acepción, por si aún cabían dudas, leerá: conjunto de rasgos psicológicos, sociales, ideológicos… que caracterizan a una persona o colectividad.

El lenguaje tiene estas cosas. La misma palabra

o palabras que comparten raíz acaban sugiriendo significados opuestos. Me viene a la cabeza, por ejemplo, la canción “Maldà State”, en la que Alfonso Vilallonga nos dice, de manera tan lógica como de entrada sorprendente, que no es independentista porque es independiente. O las declaraciones de Raimon, que ha dicho que no tenía claro ser independentista porque es valenciano, pese a identificarse con los valores de la catalanidad, y al tiempo –esto lo añado yo, pero parece obvio– porque no teme mantener su independencia de criterio ante el grito de “prietas las filas” que cohesiona a parte del independentismo.

En fin, hemos empezado hablando de una identidad que residía en los tobillos y hemos seguido con una que palpita en el corazón y en otras vísceras. Ya nos falta menos para llegar a la que se basa en la razón y habita en la cabeza.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 18 de mayo de 2014)