Madrid nos roba el dinero, dicen los independentistas. Quienes no lo son podrían responderles: vosotros nos robáis el tiempo. O nos lo hacéis perder, que es algo parecido. En el siglo XVII, Baltasar Gracián sentenció que lo único que nos pertenece es el tiempo, pues aunque nada tengamos el tiempo es nuestro. ¿Diría lo mismo si viviera ahora y aquí? ¿O le embargaría la sensación de que para el independentismo que nos gobierna el tiempo dedicado a perseguir su quimera tiene prioridad absoluta y relega sistemáticamente  y obstruye todos los otros tiempos? ¿Es sensato dedicar el grueso del tiempo, en este caso el político, al hasta hoy –y ya van casi diez años– improductivo procés, anteponiéndolo a cualquier otro afán social?
Cuando hablamos del tiempo solemos acabar –o empezar– en la teoría de la relatividad de Einstein, que nos presenta el tiempo y el espacio como dos magnitudes que fluyen inseparables e interdependientes. Así ocurre a lo largo y ancho del universo. Pero en este rincón del sur de Europa, tan distinto del resto, el tiempo y el espacio parecen congelados. Eso es lo que sugiere TV3, donde hemos visto cientos de veces las mismas imágenes de la estúpida represión del 1-O, y donde los líderes del procés, sus corifeos y tertulianos ensalzan a diario la dignidad de su causa y denuncian la intrínseca maldad del rival. 
El paso del tiempo parece no contar aquí. No, al menos, mientras no se alcance el anhelado objetivo. Poco importa que, entre tanto, huyan la banca y las empresas, decaiga la generación de riqueza, se parta la sociedad y el país languidezca. Todo eso es nada porque estamos construyendo un futuro mejor. ¡Qué digo mejor! ¡Libre, arcádico, único, rayano en la perfección!
Y, si cuela, cuela. Aunque en su Breve historia del tiempo, Stephen Hawking ya advirtió que “el universo no admite la perfección”. Tenía razón, como podemos comprobar todos a diario, sin atesorar sus saberes. Sin embargo, ciertos colectivos olvidan este axioma. También decía Hawking que el aumento del desorden es lo que distingue el pasado del futuro y da dirección al tiempo; es decir, sin venir de la perfección, caminamos hacia el caos. Lo cual sintoniza con una frase de Gobineau, que muy a menudo creo atinada: “No venimos del mono: vamos hacia él”. Quizás ambos, Hawking y Gobineau, tan diferentes, tenían razón, y el torrente de la regresión ya nos arrastra irremisiblemente.
Eso a los padres de la patria les importa poco. Apuestan incluso por acelerar ese caos. Siguen tan deslumbrados por un futuro de ensueño que no consiguen ver un presente baldío y frustrado por el tiempo perdido. Y lo califico así porque es tiempo perdido todo aquel que transcurre o se deja escapar sin hacer nada provechoso u obtener ningún adelanto en la cosa de que se trata, según lo definió María Moliner.
Vamos, que lo del tiempo lo llevan regular. Y el espacio da yuyu a algunos. El expresidente Torra dice estar “enormemente preocupado” porque su antecesor Puigdemont puede quedarse “vagando por el espacio”. No. No es que Puigdemont entrara en la carrera espacial catalana, la cosa fuera mal, y ahora flote entre astros como el Major Tom, de Bowie. El de Amer sigue en su casa de Waterloo, expidiendo carnets (sin uso práctico) de la república (inexistente), a 12 euros. No está con los pies en el suelo, pero sigue ahí.
Torra cree que Puigdemont y él lo bordaron como presidents. Pero teme que un expresident que vaga desamparado dañe el “relato internacional” del procés. Y aquí podríamos enlazar el bucle temporal con el espacio. Aunque dicho relato importa ya poco en Europa. Entre otros motivos porque sus adalides han desatendido el vínculo europeo de Catalu­nya. Y ahora ya la critican sin tapujos: “La UE es un castillo fatuo y arrogante, lleno de ­aire”, ha escrito la más pertinaz propagandista del procés. Se escudaba en la lenta vacunación comunitaria, pero se la intuía contrariada, como lo está su líder, por el rechazo europeo al procés.
Dicho esto, lo relevante no es que los independentistas despotriquen ahora contra Europa. Lo grave es que a Euro­pa ya le aburre Catalu­nya, país plural e integrador, cuyo perfil quieren someter al suyo los independentistas. Su relato no lo van a comprar más allá de sus partidos y consejos. Ni aquí ni fuera. Perpiñán acaba de echar a la papelera su alias la Catalane, que antes lucía orgullosa, como quien se libra de un feo mote.
Perdemos espacios, perdemos el tiempo. Y los líderes del procés, felices. Seguirían así in aeternum, hablando de lo suyo, pero sin saber arreglarlo, y postergando el resto. Decía Henry Ford: “Observo estupefacto que muchos gastan más tiempo en hablar de sus problemas que en resolverlos”. Si resucitara hoy y nos observara, sufriría tal ataque de estupefacción que quizás volviera a palmar de inmediato.

(Publicado en "La Vanguardia" el 11 de abril de 2021)