En otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio. Lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación (…) Hoy en día, es difícil que se guarde silencio, y ello impide oír la palabra interior que calma y apacigua. La sociedad nos conmina a someternos al ruido para formar así parte del todo, en lugar de escucharnos a nosotros mismos”.
Las palabras del párrafo anterior prologan Historia del silencio, un ensayo del francés Alain Corbin recién publicado por Acantilado. Nos alertan sobre una evidencia de todos conocida: en nuestra sociedad hipercomunicada se impone un griterío generalizado y constante, que ataca al silencio, lo desahucia del espacio público y nos hace olvidar sus diversas texturas y su mera existencia. Sabemos, por experiencia propia, que el silencio de la alta montaña tras una copiosa ne­vada es denso, mullido, absoluto. Sabemos que el de un mar veraniego encalmado, cuando el agua parece plomo fundido, cuando la ausencia de viento acalla el tintineo de las ­drizas, puede ser pegajoso e inquietante. Pero, en la vida cotidiana, el silencio está sepultado por mil ruidos y su riqueza es un recuerdo que va desdibujándose.
La buena noticia, al menos para quienes aprecien el silencio y, a su abrigo, tengan aún algo que decirse a sí mismos, es que se acercan las vacaciones, más propicias al silencio que el año laboral. Es verdad que el verano es tiempo de aeropuertos y playas superpobladas, donde so pretexto de escapar de las aglomeraciones volvemos a caer en ellas. Pero también lo es que los rincones apartados están ahí, y nos facilitan el silencio y sus muchas sugerencias.
La reconquista del silencio tiene tres fases. La primera es la de desconexión. Hay una idea de descanso asociada a la ausencia de trabajo, y es un buen comienzo. Pero ese descanso tiene también que ver con el cese de los inputs que recibimos vía correos electrónicos, redes sociales, teléfonos móviles y demás dispositivos electrónicos, todos ellos invasivos e insomnes, a no ser que los silenciemos ex profeso. La segunda fase es la aclimatación al silencio, que Miles Davis definió como el más fuerte de todos los ruidos. Y no porque el silencio nos perturbe como lo hace el llanto del bebé y la afición a la taladradora o a la motosierra del vecino, sino porque su potencial es inimaginable e infinito. Y así llegamos a la tercera fase: tras librarse del ruido cotidiano, tras reconciliarse con el silencio, es hora de sumergirse en él y redescubrir sus incontables matices.
Nada de eso es fácil. Porque no son muchos los que aspiran al silencio y porque son muchos los que lo interfieren, empezando por nuestros amados líderes que no pierden ocasión para repetirnos, cual loros sin memoria, lo que ya nos han prometido mil veces y todavía no han cumplido. De hecho, el silencio es un bien siempre en disputa. Lo atestiguan los verbos que suelen acom­pañarlo. Salvo guardar, que remite a las virtudes del silencio, los verbos que más a menudo se asocian a silencio tienen resonancias agresivas: imponer, reinar, romper… Ahora bien, cuando lo recuperamos y le damos tiempo para que se manifieste, se convierte en un benéfico lubricante para nuestro cerebro.
Para su desgracia, algunas personas ya muy dañadas por el habitual alboroto de sonidos sólo identifican el silencio con la ausencia de ruido. En tal caso, abandonarse a él quizás les aburra mortalmente y les propulse en pos de sus auriculares para volver a escuchar a sus bandas favoritas. Hay que aceptarlo: algunos, a veces los más locuaces en sociedad, tienen poco que decirse a sí mismos cuando dan una oportunidad al silencio. Pero el resto, una vez recuperada la inmensidad y la riqueza del silencio –que tiene más colores que verdes tenía el País Vasco cantado por Raimon–, encontrarán tras él de todo y acabarán pasmándose ante lo que llevan dentro y finalmente pueden expresar.
Termino con una mención a la fase superior del silencio: a ese estadio en el que tras haber realizado silenciosas exploraciones interiores, nos creemos en posesión de algunas ideas y nos disponemos a comunicarlas. Esa fase superior es la más difícil, porque en ella debemos valorar las virtudes del silencio aplicadas a uno mismo, siguiendo el consejo de los clásicos –el sabio calla, el tonto habla–, y las enseñanzas del abate Dinouart en El arte de callar. Sólo se me ocurre un argumento convincente para invitar al silencio incluso a los que están orgullosos de sus ideas y creen urgente compartirlas con el prójimo (acallándole previamente si fuera preciso). Se lo debo a Stanislaw Jerzy Lec y dice así: a los silenciosos no se les puede quitar la palabra.

(Publicado en "La Vanguardia" el 7 de julio de 2019)