Estoy junto a la pirámide del Lou­vre, rodeado por una muchedumbre turística que abarrota el patio Napoleón y se extiende, infinita, hacia los jardines de las Tullerías y más allá. Distingo a japoneses fotografiando a sus novias en poses ridículas. Veo cojear a jubilados norteamericanos que debieran haber invertido su presupuesto turístico en una prótesis de cadera. Veo a una joven rusa, con zapatos de alto tacón y calcetines blancos marca Nike, andando como un pato, y a su amiga casi desnuda exhibiendo la colección de tatuajes. Todos ellos llevan el teléfono móvil en la mano, y la mayoría lo están consultando. Les atosiga una legión de vendedores, también forasteros: africanos sosteniendo un aro con decenas de torres Eiffel de plástico ensartadas, como si fueran sardinas recién pescadas; o que echan a volar pájaros mecánicos con los colores de la bandera francesa en sus alas. Veo a pakistaníes que acarrean cubos con hielo llenos de botellines de agua. Y veo a vietnamitas que ofrecen un paseo en bicitaxi y a latinos que intentan vender porciones de pizza procedentes de un horno remoto y desconocido. El griterío es considerable y hace inaudible a un trío musical que toca algo parecido a jazz manouche. Las palomas caminan ya sin miedo entre miles y miles de pies de turista. Los mirlos están sobrealimentados. Un poco más lejos, tras el arco de triunfo del Carrousel, algunos turistas echan la siesta desmadejados sobre los parterres o en un banco, babeando como lo hacen en el sofá de su casa.
Bienvenidos a la temporada alta. Aunque en París ya casi siempre lo es. No en balde Francia es el país que recibe más turistas del mundo (87 millones el año pasado, seguido de España con 82,6 y de Estados Unidos con 76) y su capital es la segunda ciudad más visitada de Europa, sólo por detrás de Londres. Hablo de París, pero podría hablar de Venecia. Pongamos, por ejemplo, que estoy en la Fondamenta Schiavoni, a la altura del puente de los Suspiros, desde donde se divisa, mirando en dirección a San Marcos, un mar de cabezas humanas que todo lo ocupa. Están apretujadas, una junto a otra, de tal forma que ya no es posible distinguir los cuerpos que seguramente hay bajo ellas. Proceden de los más diversos rincones del planeta, pero experimentan la misma ­vivencia uniformizadora, cual sardinas en lata. Limitan a la derecha con el palacio del Dux. Y, a la izquierda, con el muelle y con un megacrucero de trece cubiertas que levanta una pared mucho más alta que la residencia ducal, y que oculta tras su larga eslora el denso tráfico lacustre y elimina cualquier encanto que pudiera conservar todavía Venecia. Entre ambos muros se pisa los talones esa marea multirracial de testas, cuya imagen se impondrá en el recuerdo del viajero cuando regrese a su país. Entre otros motivos, porque ya hace invisibles las hermosas vedute venecianas que propiciaron el viaje. Los turistas que eligen los destinos más populares corren el riesgo de no verlos porque sus congéneres se los tapan.
Esto irá a más. El año pasado se contabilizaron en el mundo 1.400 millones de turistas, un 6% más que el anterior. Eso significa que el 19% de los terrícolas ejercieron en el 2018 de turistas. La mitad –713 millones– vinieron a Europa. Y 82,6 millones eligieron España. Cerca de 16 de esos 82,6 millones recalaron en Barcelona. El turismo aporta ya el 12% del PIB español. En la práctica, somos un país turismodependiente.
La buena noticia es que los destinos turísticos que ahora crecen a un ritmo más vivo son los africanos, los asiáticos, los del Pací­fico. Pero muchos viajeros siguen prefi­riendo los destinos urbanos clásicos. Y se entiende, porque están muy mitificados, porque reúnen un buen abanico de servicios y porque vuelan a ellos aerolíneas de bajo coste. Ante este panorama, la Organización Mundial del Turismo  (OMT) aconseja “gestionar el crecimiento de manera sostenible”. Pero no cuenta con demasiado detalle cómo. Indica, eso sí, que habría que desarrollar el ecoturismo y el turismo rural.
Quizás en el mundo rural estén anhelando el maná turístico. Pero hay que sopesar los costes. En España, cuando tuvimos toda la costa urbanizada, empezó a construirse en segunda, tercera o cuarta línea, con los resultados de todos conocidos. Si ahora el turismo saltara de la ciudad al campo, el país entero se resentiría, por muy ecológicas que fueran las propuestas. Aplicar el modelo Benidorm –edificación concentrada en un área urbana y ahorro de territorio alrededor– es pues una opción. La otra es incrementar las tasas turísticas y mantener el flujo de visitas en niveles soportables. Algo habrá que hacer. Porque los turistas, hoy por hoy, no parecen dispuestos a dejar de serlo.

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de julio de 2019)