Tapar agujeros

11.01.2015 | Opinión

Cada 22 de diciembre, cada 6 de enero, los fotógrafos de prensa acuden a las administraciones de lotería agraciadas con premios de los sorteos de Navidad o del Niño e inmortalizan a ciudadanos que beben cava peleón, brincan, se abrazan y no disponen de palabras suficientes para proclamar al mundo su felicidad de nuevo rico. Los periodistas destacados en tales lugares se empeñan en obtener declaraciones de los afortunados y en averiguar qué van a hacer con el dinero. E, invariablemente, recogen frases sobadas, tipo “taparé agujeros”, “arreglaré trampas”, “pagaré la hipoteca” o, en casos de delirio galopante, “me daré un capricho”. Esos periodistas vuelven luego a sus diarios con la vaga sensación de que se equivocaron de oficio.

El retrato del español de a pie que se obtiene en tales circunstancias es desolador. Estamos hablando, por lo general, de un sujeto endeudado, que vive en precario, salvado del KO contra pronóstico por la campana lotera. O, mejor dicho, de un condenado al que se concede un alivio temporal, una prórroga del estado ilusorio propio de la infancia, ante su inexorable destino de paria.

Existen motivos éticos para censurar la lotería, porque el Estado, que somos todos, se viste por un día de crupier, invita a la ciudadanía a convertirse en ludópata, y la mayoría le sigue la corriente: la ética puede ser un lujo para quienes viven en la necesidad y la desesperanza.

Existen también motivos estéticos para censurar la lotería, puesto que esa alegría inducida por el décimo premiado genera en sus tenedores conductas grotescas, obscenas y, casi siempre, carentes de sólido fundamento. Existen, igualmente, motivos intelectuales, ya que la idea de redistribución de la riqueza que vehicula la lotería tiene más de sarcasmo que de realidad; y porque invertir los últimos recursos en negocio tan incierto no resiste un análisis racional y, encima, enfatiza la miseria y la incapacidad de tantos para dar un vuelco a su vida.

Existen, por último, motivos ideológicos: la compra de números nos convierte en cómplices de este chiringuito financiero. Quizás con el atenuante de la desesperación, pero cómplices al fin. Y, encima, tolerando que el jefe de la trama, en este caso el Estado, se lleve el grueso del botín.

La lotería, como la muerte, nos iguala a todos. Iguala a la vieja España, la de los bombos antediluvianos y los cargantes niños de San Ildefonso, con nuestro supuesto “Nou país”, donde la Grossa, de irreprochable ADN catalán, vende y reparte menos de lo que quiere, y da a la Generalitat más de lo deseable. E iguala a los “ninis” que llevan desde 2008 en paro con quienes disfrutan de dieciséis pagas pero compran religiosamente sus décimos, “obligados” por compañeros de trabajo, familiares y amigos menos remilgados.

Puestos a tapar agujeros, ¿no podríamos tapar –o al menos mirar de otro modo– el negro agujero de la lotería?

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 11 de enero de 2015)