GEORGI Rublev es el autor de un retrato de Stalin, digamos, atípico. El dictador aparece en él vestido con pantalón y guerrera blancos, leyendo el Pravda, repantigado en un sillón tipo Emmanuelle que flota sobre un fondo color escarlata. A sus pies, un perro estilizado y pelirrojo.

Rublev pintó este cuadro en 1935, seis años después de que Stalin acaparara todo el poder en la URSS, y uno antes de que empezaran los procesos de Moscú y el Gran Terror que diezmó las filas políticas, las obreras y también las artísticas. Entonces, el realismo socialista era el estilo obligatorio, y este retrato de Stalin podría haberle costado a Rublev, acusado ya de formalismo, un disgusto. Por eso lo ocultó, como ocultó El primer tractor de Ucrania, tela de tema socialista pero estilo matissiano. Ambas pueden verse hasta mañana en la exposición Rouge del Grand Palais de París, que revisa la involución del arte en la URSS en la primera mitad del siglo XX, cuando secuestrado por el poder pasó de la vanguardia a un neo academicismo que hoy se califica de “kitsch de Estado”.

Pocos episodios hay en la historia del arte más tristes que el de esta involución. Pintores como Ródchenko o Malévich, poetas como Mayakovski y arquitectos como Mélnikov creyeron que la revolución de 1917 abría paso a otro arte y se asociaron a ella, produciendo obras de una modernidad rompedora. Pero luego el poder repudió la innovación e instauró el realismo socialista. Rouge documenta con unas 400 obras –cuadros, películas, fotos, maquetas– esta reculada. Las primeras ilustran lo que fue una explosión creativa y liberadora. Las segundas, un descenso al infierno de la autocomplacencia, el dogma estético y la represión.

La pintura del gusto de Stalin le retrataba siempre favorecido: con rostro bondadoso al rodearse de niños, grave en el entierro de un camarada, juicioso al escribir, enérgico al arengar a la masa. La muestra abunda también en filmes rebosantes de obreros hercúleos, sudorosos, entre maquinaria industrial o agrícola al servicio de la revolución. Y en proyectos arquitectónicos para hacer de Moscú la nueva Roma, no muy distinta del Berlín nazi soñado por Hitler y Speer. Eso sí, con detalles chuscos como ese gigantesco proyecto para un palacio de los soviets rematado con una estatua de Lenin (que evoca a King Kong en lo alto del Empire State). En resumen, el arte como ilustración de los delirios del poder absoluto. El arte como trampa mortal para quienes incomodan al poder: Bábel, Pilniak, Mayakovski... El arte como renuncia y sumisión para los que eligen seguir con vida. Como Rublev, que escondió su arte libre y se recicló produciendo atrezo para los desfiles militares soviéticos.

Por todo lo dicho, Rouge causa en el visitante cierta depresión. Pero tiene dos virtudes: nos acerca a obras de interés postergadas y nos recuerda que quienes no admiten más visión del mundo que la suya constituyen un tremendo peligro.

(Publicado en "La Vanguardia" el 30 de junio de 2019)