Algo huele a podrido en Occidente. Concretamente, en algunos de sus principales gobiernos. Esta semana lo hemos vuelto a comprobar. El hedor procedente de Washington, de Roma y de Budapest ha convertido la atmósfera moral del mundo supuestamente civilizado en irrespirable. Hemos visto fotos de niños latinoamericanos separados de sus padres inmigrantes y encerrados en jaulas en Texas por orden de Trump (que luego rectificó). Hemos visto un vídeo en el que Matteo Salvini, el ministro del Interior italiano, calificaba a los inmigrantes de “carne humana”. Y hemos asistido atónitos a la aprobación en el Parlamento de Hungría, país dirigido por el nacionalista Viktor Orbán, de una ley que persigue y castiga con un año de cárcel a los que ayuden a los inmigrantes, criminalizando la solidaridad hacia quienes huyen de la guerra o el hambre.
Algo huele a podrido en Dinamarca, le dice a Hamlet el centinela Marcelo. Shakespeare describió así el clima de podredumbre moral en el castillo de Helsingor, después de que Claudio, hermano del rey y tío de Hamlet, asesinara al monarca, tomara a su viuda y se hiciera con el trono. Un episodio feo y reprobable, ciertamente, pero a la postre un crimen político, una expresión más de las encarnizadas luchas de poder dinásticas, antaño frecuentes.
Lo de esta semana es más alarmante aún. Hemos visto a dirigentes de varios países, algunos de ellos democracias modélicas, atacando no ya a sus rivales, sino cebándose en personas desprotegidas, separándoles de sus seres queridos, enjaulándolas, abandonándolas  en alta mar, insultándolas con epítetos degradantes y tipificando como delincuentes a quienes, movidos por criterios humanitarios, intentan socorrerles. Ninguno de estos actos de lesa humanidad es admisible. Ninguno debería quedar sin respuesta.
Trump, aún sentado en el más alto trono global, sigue siendo un botarate de ego desmesurado, que se apuntó a la carrera electoral en busca de más celebridad, tras cultivarla sin tasa en la televisión, y fue el primer sorprendido al alcanzar la Casa Blanca. Pero lo de Salvini es peor. ¿Cómo es posible que este “hombre fuerte”, figura propia de regímenes autoritarios, lleve la batuta en la democracia italiana, que dispone de primer ministro y presidente? ¿Cómo es posible que exprese su xenofobia con indisimulada arrogancia mussoliniana? Por no hablar de Orbán, que años atrás empezó a despuntar por sus políticas racistas y ahora opera ya asociado a dirigentes ultraderechistas de Austria o Italia. Todos ellos, al igual que los partidarios del Brexit que desean blindar las fronteras del Reino Unido, o de la CSU bávara que tiene contra las cuerdas a la canciller Merkel, o de nuestro vecino García Albiol, parecen querer darle la razón a Eric Hobsbawm cuando advertía que la Unión Europea corre el riesgo de olvidar sus loables objetivos iniciales y convertirse en un mero “mecanismo para evitar la inmigración”.
En otro pasaje de la obra de Shakespeare, Claudio se dirige a un atribulado Hamlet y le pregunta: “¿Todavía ensombrecido por las nubes?”. A lo que Hamlet responde: “No por las nubes, señor, sino por el sol”. La metáfora admite interpretaciones. También esta: no son las circunstancias incontrolables las que nublan su futuro; lo nubla el líder que debería distinguirse por su ejemplaridad y, sin embargo, despunta por su conducta abyecta. La coyuntura es pues preocupante. Por ello el presidente de la Comisión Europea convocó para hoy una reunión informal –en este caso, sinónimo de urgente–, cinco días antes de que se celebre una formal que llega precedida por un borrador de contenido antiinmigratorio.
La desigualdad o el yihadismo son serias amenazas para la convivencia en la Unión Europea. Pero el modo en que se solvente la crisis migratoria determinará su futuro. No hay soluciones mágicas. Europa no puede acoger a todos los inmigrantes que se acercan a sus costas. Pero debe hallar la manera de manejar esta crisis sin atropellar los derechos humanos. No es sólo la vida de quienes navegan en  pateras lo que está en juego. Es también la posibilidad de vivir sin faltar a unos principios humanitarios sin los cuales la sociedad avanzada deja de serlo para regresar a la selva. Merkel, Macron, Sánchez y otros dirigentes con vocación europeísta están llamados a dirigir un esfuerzo colectivo. Deberán tomar decisiones decorosas, y acaso costosas, pero imprescindibles. Y recurrir a la pedagogía para que los votantes del populismo reparen en sus efectos degradantes.
Entretanto, en la aldea catalana, un Govern de la Generalitat cada día más ensimismado en su pequeño mundo sigue entregado al exasperante repertorio de agravios, astucias, desplantes y desganado propósito de diálogo.

(Publicado en "La Vanguardia" el 24 de junio de 2018)