Leo en The Times que los miembros de la comunidad gay y los de las minorías étnicas están sobrerrepresentados en los programas de televisión del Reino Unido. Según un estudio realizado sobre 30.000 espacios, las personas negras y de otras minorías étnicas suponen el 23% de los actores o presentadores en pantalla, pese a ser el 13% de la población activa nacional. Por su parte, gays, lesbianas y bisexuales obtienen el 11,9% de los papeles, aunque su porcentaje en el censo se calcula en un 6,4%.
Esta sobrerrepresentación favorece la idea de la sociedad diversa. Pero sólo en parte. Porque las personas de edad y las discapacitadas están infrarrepresentadas. Los mayores de 50 años, que son el 31% de la población activa, sólo pillan el 20,6% de los papeles en pantalla. Entre los discapacitados la infrarrepresentación es mayor: 7,8% contra 17%. ¿Mayores y discapacitados son los nuevos marginados en la sociedad integradora? Bueno, eso tendría quizás arreglo con cirugías tipo Michael Jackson, un lento proceso trans o un expeditivo cambio de sexo. Nunca es tarde si la dicha es buena.
¿Pasa en las teles de España lo mismo? Carezco de datos pero diría que, en lo tocante a minorías étnicas, no pasa. Puedo comparar, eso sí, cuales son los diez programas más vistos aquí y allí. En la lista británica de los últimos diez años hay cuatro series (todas de producción nacional), tres concursos (de canto o cocina), dos shows de celebrities y un documental. En la lista española del último año dominan los informativos –seis–, en tercera posición aparece Supervivientes, en séptima Sálvame tomate y en novena Boom.
En Supervivientes, un programa muy apreciado por voyeurs de formación poligonera, no abundan las minorías. Son mayoría, eso sí, los cachas tatuados en bañador y las chicas neumáticas en bikini. Al principio, recién salidos del gimnasio, dan el pego en la isla hondureña donde liberan sus instintos. Pero, según avanzan los capítulos, pierden masa muscular y atractivo, víctimas de la desnutrición, la ausencia de maquillaje, los insectos y, sobre todo, las rencillas y el cultivo intensivo del odio africano, tan párvulo como poco edificante. Uno de ellos definió a un compañero de fatigas como macarra barato: esta sí podría ser una minoría –o no tanto– sobrerrepresentada en dicho programa.
No se lo echo en cara. Seguramente, así lo exige el guion. También la posibilidad, tras sufrir horrores en el terrario tropical, de regresar vencedor a la metrópolis madrileña. Y, una vez pasado por la ducha, el control de plagas, el gimnasio (otra vez), la peluquería y la tienda de ropa para majos y majas, hacerse un hueco en el plató de Sálvame. Allí también se hace un uso pornográfico de los sentimientos propios y ajenos. Pero se debe cobrar más y, cuando termina la función circense, uno se va a dormir a su camita. ¡Un gran progreso!

(Publicado en "La Vanguardia" el 23 de marzo de 2020)