Sobre lo nuevo

29.06.2014 | Opinión

Todavía estaba dándole vueltas al concepto “un tiempo nuevo”, con el que Felipe VI ha puesto pórtico a su reinado, cuando topé con una pintada en la que se cantaban las excelencias de los “Nous Països Catalans”. En uno y otro caso, el recurso a este adjetivo (“nuevo/nous”) nos habla de la vigencia de lo nuevo como bálsamo para las magulladuras del presente y promesa de un futuro mejor.

Lo primero que diré al respecto es que el anuncio del advenimiento de lo nuevo no es siempre garantía de novedad ni progreso. Eso depende mucho de quien lo proclama. No fue lo mismo Woodrow Wilson hablando de un nuevo orden mundial con el que restañar las heridas de la Primera Guerra Mundial, que el nuevo orden que perseguían Hitler y sus genocidas. Ni era lo mismo la Fuerza Nueva del difunto Blas Piñar que el nuevo orden que decían buscar Gorbachov y Bush padre para apuntalar el equilibrio entre potencias al término de la guerra fría. Atención, pues, porque por más ropajes de novedad que vistan algunas ideas pueden ser viejas reviejas.

Lo segundo que cabe añadir ante esta vigencia de lo nuevo es que, a menudo, el ansia de novedad no es sino un subterfugio para desatascar una situación que nos parece obsoleta, insoportable o ambas cosas a la vez. Es decir, lo nuevo no se reclama por las virtudes que pueda traer sino, simplemente, para acabar cuanto antes con lo que ha definido el pasado inmediato. Y no siempre porque dicho pasado sea objetivamente malo: también puede ocurrir que algunos lo combatan y aspiren a superarlo o borrarlo de la memoria, simplemente, porque no es de su conveniencia particular.

Y lo tercero que cabe decir es que lo nuevo no es relevante por su enunciación como tal, sino por el contenido que aporta. Es pertinente recordarlo, aunque parezca una obviedad, porque el marketing ha usado y abusado de dicho adjetivo para lanzar viejos productos a los que, en realidad, sólo se les había cambiado el envoltorio. De manera que atención a lo que se nos vende como nuevo, no vaya a ser que no lo sea. Porque nuevo es lo que acaba de aparecer, formarse o hacerse, pero cuando decimos “de nuevo” apuntamos una idea de repetición, de reiteración, de poca novedad. Y porque lo nuevo se reduce a menudo a lo otro, a lo distinto, a lo sustitutivo, sin aportar novedad real, tan sólo relevo.

La naturaleza humana es ávida de novedad, sentenció Plinio el Viejo. Ahí nos duele y por ahí nos pueden meter algún que otro gol. Ese deslumbramiento ante lo que se nos vende como nuevo es viejo como la tos. Exijamos, pues, hechos novedosos tangibles, o en su defecto hojas de ruta claras y compromisos sólidos para recorrerlas. Y hagamos oídos sordos a las promesas genéricas. Quizás el Eclesiastés exagere un poco cuando dice que no hay nada nuevo bajo el sol. Pero más exagerarán quienes se arropen en la promesa de novedad sin concretarla.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 29 de junio de 2014)