ILas prisiones preventivas dictadas el jueves por la Audiencia Nacional son desproporcionadas y constituyen un error de bulto que enrarece la situación política y aleja la distensión. Además, dan nuevas alas a un victimismo independentista ya sobrealimentado en los últimos años. Los reveses que pudiera sufrir el proceso no suelen ser, a ojos de quienes lo impulsan, fruto de sus errores o arbitrariedades. Los imputan siempre a un Estado español sordo y represor. Aunque éste se limite a aplicar la ley a quienes la vulneraban. Tanto ha calado esta teoría entre la buena gente independentista y entre sus líderes, que Carles Puigdemont decidió exportarla a Bruselas. Buscaba, supongo, la compasión o, al menos, la empatía internacional. Pero, salvo en lo tocante a brutalidad policial, la recepción allí obtenida ante unos medios de comunicación no controlados fue limitada. Politico lo resumió con un titular demoledor: “El circo catalán de Puigdemont viene a Bruselas”.
En la Unión Europea, a diferencia de en círculos soberanistas, se tiene a España por un Estado democrático. Qué le vamos a hacer. Aunque les cueste creerlo a los independentistas, desde el extranjero no se ve Barcelona como un campo de concentración, sino como una ciudad  todavía atractiva en la que las clases talentosas foráneas anhelan afincarse.
El victimismo no es un buen argumento. Ni una patente de corso para actuar con criterios de parte y acabar fastidiando la convivencia. Sirve, eso sí, para abonar la demagogia, arrasar la autocrítica y tapar paranoias. Pero no para ganar batallas en buena lid. Y menos cuando se desafía la ley y se pierde el respeto a la verdad. No es de recibo que declaraciones de la presidenta del Parlament o del expresidente de la Generalitat no sólo no pasen la prueba del polígrafo sino que, además, contengan mentiras, medias verdades o interpretaciones sesgadas en casi todas sus frases.
El victimismo de los independentistas se basa en los supuestos agravios sufridos a manos del Estado: España nos roba, la democracia española está degenerada, la policía nos reprime cuando estamos intentando hacer algo tan hermoso como votar (en una consulta ilegal) o encarcela a los líderes que se han saltado la ley. Si de veras estuviéramos ante un panorama de agresión caprichosa y sistemática, y no de mera aplicación de la ley, las víctimas soberanistas estarían compitiendo ya con el pueblo judío en el campeonato mundial victimista de todos los tiempos. El camino del victimismo es tentador, pero no debería llevar lejos.
Y, por cierto, ya que hablamos de víctimas, también podríamos fijarnos en las que deja el soberanismo. Porque, debido en buena medida a su actividad, se ha herido gravemente la convivencia, se ha empobrecido a Catalunya al poner en fuga a bancos y empresas, y se ha perjudicado su imagen y la de los catalanes en la escena global.

(Publicado en "La Vanguardia" el 5 de noviembre de 2017)