Silvio Berlusconi se autoproclamó una vez “el Jesucristo de la política”. Lo hizo para presentarse como una víctima de sus enemigos e incluso de alguno de sus amigos, y para dar –vana pretensión– un poco de pena. Pero, consciente o inconscientemente, quizás recurrió también a tal analogía para afianzarse como alguien a quien se respeta y, llegado el caso, se idolatra. Berlusconi, es bien sabido, no viste túnica ni se deja barba. Pero su ego descomunal le ha llevado por la senda del ídolo moderno, en su caso una mezcla de “entertainer, celebridad, magnate de los medios y billonario”, según descripción de Alexander Stille en The sack of Rome, su reveladora biografía del político italiano.
Era previsible, por no decir ineludible, que el director cinematográfico italiano Paolo Sorrentino rodara una película sobre Berlusconi. Porque en su espléndida La grande bellezza nos habló ya de las ­variadas formas de la mentira, el disimulo y la apariencia ante la tragedia vital, envueltas, eso sí, en deslumbrantes hermo­suras romanas. Y porque Italia, además del país de Sorrentino, es también el de Berlusconi, que ha manejado como pocos las más novedosas artes del en­gaño.
La película de Sorrentino ha pasado ya por la cartelera española, con el título Silvio (y los otros). Ciertamente, no es fascinante como La grande bellezza. Pero reúne algunos ingredientes que sustentaron su éxito. En primer lugar, la interpretación de Toni Servillo, que borda a Berlusconi sin dejar de ser él mismo, y logra escenas de antología como la de la venta telefónica de un piso a una desconocida. Y, en segundo lugar, la calidad y el lujo de las imágenes que vehiculan esta narración con ecos fellinianos. Por más que aquí las debilidades de Berlusconi den un punto sórdido y fatigoso a la belleza de las omnipresentes velinas y a los escenarios de sus bacanales, en las que ellas participan requeridas en gran número por Berlusconi, infantiloide en sus excesos y sistemático en su papel de corruptor.
Cualquiera de los dos ingredientes mencionados justifica el visionado de esta película sobre uno de los mayores embaucadores contemporáneos. También los toques de humor, como la escena del médico contando los efectos de la metanfetamina entre drogados. Pero quizás su mayor acierto sea abrir foco y retratar, además de al embaucador Berlusconi, a sus felices embaucados, cuya contribución al deterioro de la sociedad es también decisiva. Silvio (y los otros) nos habla, sí, del dueño de Mediaset, del líder de Forza Italia, del hombre enmarañado en incontables causas judiciales, que por cierto acaba de anunciar su regreso, otra vez, a la política. Pero nos habla también de los muchos italianos que corearon su nombre, le adularon y le admiraron, a menudo con fe de sectario. Y de todos los parásitos que se aproximaron a él para medrar, sin más habilidades que sus trampas, y su desfachatez, como ese macarra de provincias, guapo y cocainómano, que se acerca a él y le ruega que le convierta, de la noche a la mañana, en... ¡eurodiputado!
En nuestras atropelladas democracias es común oír denuestos contra los políticos, a los que se desacredita colectivamente. Razones no faltan. Pero es más infrecuente oír autocríticas entre una ciudadanía incapaz de ver más allá de sus narices o sus sueños, inerme, que a la hora de rebelarse usa chalecos amarillos ideados para esperar que llegue el gruísta y nos repare la avería. Y es obvio que para que los Berlusconi y demás políticos de la cuadra mediática accedan al poder es imprescindible, aún, que los ciudadanos les voten.
¿Por qué les votan? ¿Por qué apoyan las clases medias empobrecidas a quienes en otra época hubieran considerado sus enemigos de clase? Quizás lo hagan por ignorancia, por desesperación, por falta de mejores horizontes. Pero lo hacen también, al menos en Silvio (y los otros), hipnotizados por el éxito ajeno, cualesquiera que hayan sido sus resortes, lícitos o ilícitos; llevados por un miope deseo de emulación; ansiosos por pillar su parte del botín; cegados por los brillos de la celebridad mediática que encumbra sin necesidad de méritos sociales o de una ejemplaridad ética. Como si el éxito privado de un millonario mediático fuera garantía de su buena gestión pública. O como si el número de escaños de eurodiputado aptos para proxenetas fuera infinito.
Berlusconi no es Jesucristo, aunque así lo afirmara. Es a lo sumo un ídolo, una divinidad pagana que buscó y encontró una suerte de adoración religiosa entre quienes le envidiaron el éxito. La idolatría siempre dio pie a errores colectivos. Ahora, vistos los referentes descritos, es además una insensatez manifiesta: la prueba de cuán perdidos están todos esos otros sin cuyo voto los Berlusconi no serían nada.

(Publicado en "La Vanguardia" el 17 de febrero de 2019)