Sexo en el funeral

03.05.2015 | Opinión

Solemos decir que “el funeral ha sido un éxito” cuando son muchos los que acuden al tanatorio para dar su último adiós a un familiar o amigo. Se trata de una expresión socialmente incorrecta, pero atenuada por su pátina de humor negro, que tiene efectos paliativos cuando el dolor nos embarga. Petrarca escribió que “Un bel morir tutta una vita onora”, refiriéndose a que la serenidad en el tránsito final es cosa admirable. Pero, acaso porque la muerte puede llegar entre dolores, delirios y extravíos –lo cual no ayuda a lucirse en el lecho mortuorio– ese “bel morir” se intenta transferir muchas veces a la posterior ceremonia fúnebre.

Los que han rendido altos servicios a la nación (y algunos trepas) suelen beneficiarse de funerales de Estado donde la pompa, el gentío y, por tanto, el postrer triunfo social están garantizados. Tal éxito se buscaba en los velatorios rurales agasajando a los deudos con viandas, vinos y licores. De ahí ese chiste catalán, también negro, que nos presenta a dos tipos trastabillantes, saliendo del velatorio al amanecer con el siguiente comentario en los labios: “Rient, rient… s’ha fet de dia”. En Italia, según cuenta Norman Lewis en su impagable Nápoles 1944, se había llegado a una solución sintética muy astuta. En lugar de atraer a multitudes, se contrataba a un desconocido para que se sumara al funeral. Y cuando los otros asistentes empezaban a preguntarse en voz baja “¿y ese de ahí quien es?”, su contratante murmuraba: “Lo zio di Roma” (el tío de Roma). De este modo, todos los presentes descubrían de sopetón el ignorado relieve social del fallecido: alguien había venido ex profeso desde la capital para asistir a su funeral.

Estas y otras tretas se quedan en mantillas ante una costumbre ahora en boga en Hebei, Jiangsu y otras provincias chinas. También allí, como aquí, se considera que la mejor manera de honrar al muerto es con un funeral concurrido. Pero allí, para amenizarlo y engrosar la audiencia, se recurre a bailarinas de striptease. La cosa empezó con cierta contención. Pero la creencia, entre los familiares, de que cuantos más asistentes atraigan al funeral mejor ilustrarán su estima por el finado ha ido elevando la osadía de las strippers, hasta convertir las salas de vela en algo parecido a un puticlub. Las autoridades han acabado prohibiendo estas performances sexuales, argumentando que eran contrarias a la tradición cultural y que tenían una influencia negativa sobre el entorno social.

Ciertamente, hay varias razones de peso para asistir a un funeral. Pero son distintas a las que nos empujan hacia el restaurante o el cabaret, aunque sea mucha el ansia por lograr un llenazo. Uno va al funeral de alguien obedeciendo a un impulso íntimo, no colectivo. Por más que, como dijera el gran Yogi Berra sin pensarlo dos veces, y dando una última pincelada de humor negro, “hay que ir a los funerales de tus amigos porque, si no, ellos no vendrán al tuyo”.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 3 de mayo de 2015)