Selfies en el Macba

29.03.2015 | Opinión

Gente sonriente haciéndose selfies ante la obra de Ines Doujak. Quizás la crisis del Macba pueda resumirse en esta imagen de prensa. Tras la cancelación de la muestra “La bèstia i el sobirà”, su reapertura, el despido de sus comisarios y la dimisión del director, el Macba ha registrado un aumento del número de visitantes. Muchos de ellos, ansiosos por ver la pieza de Doujak y fotografiarse a su vera, como si fuera un futbolista del Barça o una “celebrity”.

¿Un aumento de visitas en el Macba? ¡Buenas noticias! Ahora bien, ¿es un buen síntoma el ingreso del narcisismo digital y el morbo en la casa del arte contemporáneo? ¿O, por el contrario, eso aproxima al Macba a escenarios como el del ocio turístico o el del atentado terrorista, que ya han sido equiparados y banalizados por la ubícua “selfiemanía”?

La crisis del Macba plantea dos preguntas. La primera es esta: ¿debe tener límites la libertad de expresión? Y la segunda, esta otra: ¿qué hacemos con un Macba que ha sido gestionado como un feudo social e ideológico, y ahora está sin cabeza pero con resaca?

La respuesta a la primera pregunta es no. Pero los artistas contestatarios que desafían al poder en un museo institucional deberían saber que las instituciones están emparentadas entre sí, y que no aprecian las ofensas a los suyos, y menos las groseras. Si fueran ellos los que patrocinaran una muestra quizás no admitirían de grado obras de arte religioso u otras que respaldaran explícitamente lo que ellos combaten y denostan.

La respuesta a la segunda pregunta es sencilla: el Macba ha de ser reflejo de la sociedad diversa que lo sufraga. El mal llamado arte político –a menudo, arte de parte, y a veces doctrinario- es sólo uno de los muchos artes posibles. ¿O acaso hemos hecho todo el camino, desde el Paleolítico hasta aquí, para que ahora los creadores sólo puedan exponer en ciertos museos previa adhesión inquebrantable a la línea en ellos imperante?

El arte es, en última instancia, una forma de comunicación. Algunos creadores al abrigo de poderes que querrían derrocar la usan para vehicular su mensaje crítico. Y están en su derecho. Siempre que no crean que su derecho supera o anula los derechos de los demás. Porque hay otros tipos de artistas, y no siempre menos dotados. Los hay que trabajan para convertir la luz en poesía. O investigando para que sus materiales cobren vida propia y sean coautores de la obra. O explorando las posibilidades de las nuevas tecnologías. O interactuando con la filosofía, la física o el humor. O transitando cualquier otra vía de búsqueda formal y expresiva. También ellos son hijos de esta era de tensión entre pluralidad y sectarismo. Y cuando producen obra de interés merecen un espacio en el museo que les ha sido negado con frecuencia. Si entiende esto, si expone obras que inviten al cultivo de la sensibilidad y la reflexión, además de al grito y al selfie, el Macba no debe temer por su futuro.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 29 de marzo de 2015)