Se busca famoso

23.02.2014 | Opinión

Vivimos en una sociedad dependiente de los famosos. Al parecer, los necesitamos para constatar que hay vidas más lujosas o exitosas que las nuestras, para que nos orienten por un mundo de tendencias cambiantes y para que nos muestren el buen camino con sus conductas ejemplares, o sea, para que nos eduquen. El papel que antes se reservaba al maestro está siendo progresivamente usurpado por las celebridades. Uno se quedó en la tarima de la escuela, las otras dominan el púlpito televisivo. Uno pinta cada vez menos, las otras dictan las pautas de comportamiento colectivo.

Voy por la calle y leo en un cartel publicitario el lema: “Se busca famoso”. ¡Por fin! –exclamo para mis adentros– ¡Alguien ha decidido poner coto al imperio de las celebridades y, encima, ofrece una recompensa por su captura! Pero no es eso. Ocurre que las personas de cierta edad vimos muchos “western” y todavía asociamos la frase “Se busca” a la orden de búsqueda y captura retribuida con un puñado de dólares. Y nos equivocamos, claro. Porque lo que solicita el mencionado cartel es “una persona famosa que dé la cara y se atreva a decir que sufre o ha sufrido algún problema de salud mental”.

El loable objetivo de Obertament, la entidad que promueve la campaña, es “luchar contra el estigma y la discriminación” que padecen los enfermos mentales. Para ello, reclama la colaboración de famosos, ilustrando su cartel con cuatro óvalos faciales –que tienen pelo, gafas y cejas, pero no boca, nariz ni ojos– y en los que, sin embargo, es fácil reconocer a una incombustible presentadora televisiva, a un tenista mallorquín, a un publicista que ha ganado fama maltratando a concursantes televisivos, y a un divulgador científico con aire de sabio chiflado.

El objetivo de la campaña, como ya dije y reitero, me parece loable. Pero su anuncio, no. Nos dice que busca a famosos, así, en general, pero apunta a cuatro personas determinadas, a las que por tanto presupone de salida relacionadas con algún trastorno mental. Hombre, no diré yo que el afán de Mercedes Milà por mantenerse en antena año tras año, mostrando lo que haga falta, no sea digno de estudio clínico. O que la afición de Risto Mejide a basurear a los aspirantes a cantante no merezca un análisis similar. Pero si los anunciantes tenían tan claro que esos

eran sus candidatos idóneos, con llamarles por teléfono y proponerles dar la cara directamente se hubieran ahorrado tiempo y dinero.

Con todo, lo más criticable seguramente no es la calidad de este anuncio incoherente (que busca famosos pero difumina la identidad de los que presenta como reclamo). Lo más criticable es la idea de que para defender una buena causa es imprescindible el apoyo de gentes cuyo común denominador no es la autoridad moral, sino su probada habilidad para aparecer a toda hora en televisión, ese moderno cuadro de honor.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 23 de febrero de 2014)