Javier Cercas ha publicado esta semana la novela Independencia, segunda entrega de la serie policial protagonizada por el mosso Melchor Marín, el “héroe de Cambrils”, que inició con Terra Alta (Premio Planeta 2019). Si en esta obra había referencias clave a la coyuntura histórica –los atentados yihadistas del 17-A–, en la que acaba de ver la luz,  cuya acción transcurre hacia el 2025, hay alusiones al procés que impera en la vida catalana desde hace un decenio; y, en mayor medida, a la naturaleza del auténtico poder, del perdurable, que no es tanto el político como el económico.
Es bueno que los creadores literarios nos ofrezcan su propia aproximación a  la actualidad o a los procesos históricos que determinan la evolución social. En primer lugar, porque así nos proporcionan una alternativa al discurso dominante sobre esta cuestión, que suele ser el de los políticos o el –aún más previsible– de los activistas. Es decir, un discurso interesado o aparentemente irreconciliable con el del rival. Y, en segundo lugar, porque su aproximación puede ser holística, y se fija más en las consecuencias que el conflicto tiene sobre la sociedad en su conjunto que en las ambiciones o las ilusiones personales y en las falsedades que las alimentan a diario.
El éxito de Patria, la novela de Fernando Aramburu es, en este sentido, paradigmático. Publicada en el 2016, y ya con más de un millón de ejemplares vendidos, refleja el conflicto vasco, después de que ETA dejara las armas. Y retrata con crudeza la miseria moral en la que cayó la sociedad de Euskadi al creer, erróneamente, que la práctica o la asunción de la violencia y el crimen sistemático podían tener  algún tipo de justificación. La atmósfera de Patria, que se prologa casi 650 páginas, es asfixiante. Más, incluso, que la de Los peces de la amargura, el espléndido libro de cuentos, de idéntica temática, que lo precedió en el 2006. Pero su desenlace nos reconforta al recordarnos que también los conflictos cainitas y enconados pueden tener algún día solución; que al odio más enquistado le sucede a veces la reconciliación. 
Por fortuna, la sociedad catalana no se desangra –al menos, no en sentido literal, aunque sí en el económico y anímico– como se desangró la vasca. Pero todavía no se ve aquí luz al final del tú-nel. Y, cuando el día amanece pesimista, tememos estar atrapados en una viejísima disputa que remite a las del mundo rural, donde dos vecinos discutían por el linde de sus fincas, se enemistaban de por vida y su enemistad les sobrevivía, porque sus hijos la heredaban, la asumían como propia y la transmitían a la siguiente generación.
Por todo ello, es bueno que la literatura nos hable, con voz propia, de lo que nos ocurre como colectivo. Y que lo haga con afán de superación. Porque en nuestro pequeño mundo eso no siempre parece una prioridad. Como si se ignorara que lo que no se arregla suele ir a peor.

(Publicado en "La Vanguardia" el 7 de marzo de 2021)